Sandra Montero, presencia de una ausencia [exposición de fotografía]

En el Centro Huarte de Arte contemporáneo han estado hasta mediados de marzo expuestos los trabajos de jóvenes artistas premiados por el Gobierno de Navarra. Quiero destacar especialmente la obra de Sandra Montero, un conjunto de fotografías de gran calidad que requiere su contemplación in situ. No sólo se trata de ampliaciones de enorme tamaño, que impactan por la escala, sino que además forman en conjunto una instalación muy estudiada, que no deja indiferente al visitante. Se titula Presencia de una ausencia y fotografía a ancianos con Alzheimer, entre otras muchas cosas.

 

La mirada de estos ancianos, como he escrito en su Catálogo, no es fotogénica: es una mirada ausente, o la presencia de una muerte anunciada, de una vida que ya no existe en plenitud. Por eso es necesaria la presencia del fotógrafo en sus propias imágenes, que además de manifestar su personal punctum emotivo (aquello que nos es dado como un acto de gracia, según Roland Barthes), es un homenaje al entorno, a esa presencia escondida de un cuidado que da sentido a la vida semiausente de los ancianos.


Nos empeñamos en que el rostro humano es el espejo del alma, el lugar a la vez más íntimo y más exterior del sujeto, la pantalla en la que se funde su interioridad psicológica con las coerciones a que le somete la vida pública. El rostro es, a la vez, la sede de la revelación y de la simulación, de la indiscreción y de la ocultación, de la espontaneidad y del engaño, es decir, de todo aquello que permite la configuración de la identidad. Ante una cámara siempre somos otro, como también decía Barthes. Por eso, quizás estos rostros son, además de la expresión de una ausencia, la máxima verdad sin disimulo. En todo caso, las fotografías de Sandra interrogan mucho, y dejan que cada espectador siga su camino.

Junto a las fotografías –en algunas la propia artista mancha violentamente un muro embaldosado- aparece un espacio negro que tiene que ver con la mala conciencia de artista que sabe que está explorando caminos prohibidos, donde se toca lo más sagrado de la persona. Ese santuario inviolable que puede uno manchar con su presencia. Como los científicos que están investigando en los límites más confusos de la moral y de la ciencia (saben, por ejemplo, que la energía nuclear puede ser bien o mal empleada), los artistas se mueven en terrenos inexplorados, que implican siempre un riesgo, pero son conscientes de que es un riesgo que deben correr, pues nadie va a hacerlo en su lugar. El Papa actual, cuando todavía era cardenal Ratzinger, escribió sobre este tema en un pequeño libro titulado Creación y Pecado, de muy recomendable lectura.

Esa mala conciencia de Sandra Montero -se lo dije a ella misma- es algo que acompaña a los mejores trabajos, como la sombra acompaña a la luz. Sería todavía peor para la propia conciencia dejar de hacer una obra de arte necesaria, por cobardía. En el caso de la fotografía y el cine documental, esta sensación de mala conciencia es todavía más frecuente, porque son lenguajes que rozan siempre los límites entre ficción y realidad y pueden herir sensibilidades muy concretas. Erice habla mucho de esto es sus trabajos, donde compara al cineasta con el doctor Frankenstein, ese aspirante a Dios en la creación de vidas humanas que luego toman su propio camino, incluso para enfrentarse al creador, como hace el famoso monstruo. Ya ha salido este tema varias veces, tanto en relación con Erice, como en relación con el mito de Prometeo y la Altántida.

Pondré ahora un ejemplo personal, pues es la única forma de hablar del difícil mundo de la conciencia. Se trata de una fotografía tomada en Nueva York, a la salida de San Patricio, a un grupo de personas que esperaba para entrar al funeral por la muerte de un ser querido, uno de los muchos bomberos que fallecieron en el 11S. Sólo fue un segundo, pero tomé una fotografía que rompía con mi presencia la atmósfera de duelo, sin que pudieran siquiera prevenirse de esa mirada intrusa. Es una de las mejores fotografías que hice en Nueva York, y figura en la portada de mi web Nueva York antes y después. Pero es también una fotografía que no me dejó tranquilo, y que todavía me inquieta cuando la miro.

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