Temas de Bob Dylan versionados con dignidad

Este es un post prescindible: ¿quién necesita escuchar versiones de Bob Dylan pudiendo escuchar a Bob Dylan directamente? Partiendo de esta premisa, nos atrevemos a seleccionar seis temas de Dylan cantados por otros artistas que tienen un pase, aunque sea desde un punto de vista sentimental.

1º Simple Twist of Fate/Un simple giro del destino (Nacho Vegas)
Que Bob Dylan sea uno de tus referentes no es algo original. Tampoco asegura que cantes ni compongas como él. Sin embargo, tiene su encanto escuchar un tema del maestro adaptado libremente al castellano por un admirador ibérico, como es Nacho Vegas. Además, cuando la chica de la canción “nació en Gijón” es más fácil sentirse identificado.

httpvh://www.youtube.com/watch?v=ZkECLuuRwTg

 

2º Knockin’ on Heaven’s Door (Guns N’ Roses)
Bono, de U2, definió a Dylan como un “William Shakespeare en camisa de lunares”, y no iba desencaminado, al menos en el sentido de que sus canciones se han convertido en clásicos atemporales. Este hecho explica que una canción compuesta en 1973 fuese recuperada en 1991 por un grupo de hard rock sin que el resultado chirriase en absoluto.

httpvh://www.youtube.com/watch?v=gGKiQQB2QmI

 

3º Mr. Tambourine Man (The Byrds)
Mr. Tambourine Man fue número uno en las listas de ventas desde el momento de su aparición y se convirtió en el primer éxito de masas de un tema de folk rock. Con una particularidad, fueron The Byrds los que la llevaron a lo más alto. La razón es muy sencilla: si bien Dylan compuso la canción en el 63, no fue hasta 1965 cuando el tema se editó como single… interpretado por The Byrds. Por eso la interpretación de ese grupo es algo más que una versión.

httpvh://www.youtube.com/watch?v=QO_vyhAI1cE

 

4º Like a Rolling Stone (The Rolling Stones)
Considerada la mejor canción de Dylan por la revista, efectivamente, “Rolling Stone”, fue versionada por Jagger y compañía. Vale la pena escuchar a una banda mítica tocar uno de los temas más influyentes de Bob Dylan.

httpvh://www.youtube.com/watch?v=m4ollsKu1Ak

 

5º Just Like a Woman (Nina Simone)
La canción que Dylan dedicó a la musa de Andy Warhol, Edie Sedgwick, fue versionada entre otros grandes por Van Morrison, Rod Stewart o Joe Cocker. Nos quedamos con la versión más soul, la de la cantante afroamericana Nina Simone.

httpvh://www.youtube.com/watch?v=pOmqNuH3Y5s

 

6º Forever Young (Eddie Vedder de Pearl Jam)
Tener un hijo cambia a la persona. Es un tópico, pero el hecho es que, tras vivir esa experiencia, muchos artistas tienen necesidad de crear. Rudyard Kipling escribió un poema a su hijo y Dylan, tras tener el suyo, escribió esta canción que otro cantante que es también padre, Eddie Vedder, de Pearl Jam, interpretó así:

httpvh://www.youtube.com/watch?v=-oNkSVEYP40

Me crucé con Mona Lisa: la copia del Prado no es la única

Marta Vidán.
PAMPLONA.
A la Gioconda le ha salido una gemela: el Museo del Prado ha confirmado que la copia que posee la pintó un discípulo del maestro Da Vinci al mismo tiempo que la original. El genio nos regaló a Mona Lisa a principios del siglo XVI, pero la enigmática sonrisa se conserva siempre joven en la Salle des Etats del Louvre. Y no sólo en el museo parisino: a día de hoy, vayas donde vayas,  puedes encontrarte con Mona Lisa.

¿Te suena?
Puedes dar con la Gioconda cantando. La banda Panic! At the disco incluyó en su álbum Vices & Virtues (2011) la canción Ballad of Mona Lisa. El videoclip fue la carta de presentación del último trabajo del dúo estadounidense.

httpv://www.youtube.com/watch?v=gOgpdp3lP8M

Pero no han sido los primeros en cantarle a la Gioconda: ya en 1950 Nat King Cole triunfó con su Mona Lisa, donde le preguntaba si sonríe por “tentar a un amor” o para “esconder su corazón roto”.

httpv://www.youtube.com/watch?v=fxEmnxiUz8w

La Gioconda quiere ser actriz
Mona Lisa cuenta también con una amplia experiencia en el mundo de la actuación. El cuadro dio título a uno de los episodios de la primera temporada de Los Simson: El blues de la Mona Lisa (Moaning Lisa). El creador de la serie, Matt Groening, además, la recreó a su manera:

Julia Roberts viajó a los años cincuenta y se convirtió en una profesora de arte dispuesta a revolucionar a sus alumnas de la conservadora universidad de Wellesley en La sonrisa de Mona Lisa (Mona Lisa smile, 2003). “Ciao, Mona Lisa” es la forma de despedirse que utiliza con ella su compañero, el profesor italiano Bill Dunbar. En la película, además, aparece una versión abstracta de la obra, la de Jackson Pollock, que se ve en el siguiente fragmento:

httpv://youtu.be/sxjoGdj-7I0

En El Código Da Vinci (The Da Vinci Code, 2006), basada en el libro homónimo de Dan Brown, la Gioconda forma parte de un mensaje oculto en la obra del pintor.

Mona Lisa en otras paredes
Algunos publicistas han aprovechado su enigmática expresión para vender dentífrico. Por fin se ha despejado la incógnita: Mona Lisa está sonriendo, al menos para una conocida marca de pasta de dientes.

Y no han sido pocos los que se han atrevido con su propia versión de la Gioconda. La obra estrella de Da Vinci ha sido reinterpretada una y otra vez, con diferentes estilos y técnicas. El australiano Thomas Pavitt se armó de paciencia y dibujó la Mona Lisa a base de unir puntos (más de 6200) durante nueve horas.

También en Australia se propusieron recrear la obra maestra. Ocho personas se reunieron en Sydney para formar una particular Mona Lisa con 3604 tazas de café.

Fragmentos literarios: “Una partida de ajedrez”, de Stefan Zweig

Siempre he estado dispuesto a admitir en principio que un juego tan genial y peculiar ha de produicir sus héroes específicos, pero qué dificil, por no decir imposible, resulta imaginarse la vida de un hombre de inteligencia despierta para quien el mundo se reduce a la estrecha senda entre el blanco y el negro, de un hombre que no exige de la vida otros laureles que el mero ir y venir, avanzar y retroceder de treinta y dos figuritas, un hombre que considera ya una proeza haber descubierto una nueva apertura moviendo el caballo en vez del peón o que cree haberse reservado su mísero rincón de inmortalidad en los perdidos renglones de un libro de ajedrez; un hombre, un ser inteligente, que sin volverse loco dedica un día tras otro, durante diez, veinte, treinta, cuarenta años, la totalidad de su energía mental a la ridícula empresa de acorralar sobre un tablero de madera a un rey también de madera.

Abrir una puerta y aparecer en otra ciudad de Europa. Una original campaña de SNCF

Esta es la bonita campaña que ha lanzado la compañía francesa de ferrocarriles SNCF. Imagínate que vas andando por la plaza de tu ciudad y de pronto ves una puerta. No hay nada detrás, ni nada a los lados. De hecho, no se sostiene sobre nada. En un cartelito: BRUSELAS. Y al abrir la puerta… ¡en directo con otra ciudad del mundo!

¿El sistema? Al abrir la puerta, la gente se ha encontrado una pantalla que proyectaba imágenes a tamaño natural. Así, una webcam en todas las puertas instaladas en las principales ciudades de Europa conectaba las todas las puertas, y con ellas, la gente que las abría. Si lo que querían era mostrar la buena conexión entre ciudades europeas, lo han conseguido de la manera más bonita que podían. El vídeo merece la pena, donde gente de diferentes culturas, edades e idiomas se comunican sin ningún problema mediante el dibujo, la risa o el baile. A disfrutarlo.

Shakespeare and Company, París: la librería más famosa del mundo

La librería Shakespeare and Company de París es la librería más famosa del mundo. Y no es que se trate de un establecimiento de proporciones abrumadoras (de hecho, su escaparate ocupa apenas un par de metros y su altura se limita a dos pisos de techo bajo), sino que lo que la hace tan especial es la historia que la precede, así como su actitud acogedora más que comercial. No es necesario comprar ningún libro para poder subir al segundo piso, sentarse cómodamente en uno de sus muchos cojines y sumergirse durante toda la tarde en la lectura. La librería cierra a altas horas por si uno se queda enganchado a la novela. Así, mientras que en el piso bajo se llevan a cabo todas las funciones de una librería corriente (eso sí, con todo el encanto de sus estanterías de madera desgastada, las paredes atestadas de libros y escaleras corredizas para alcanzar los volúmenes de lo más alto), el segundo piso advierte con seguridad: “A partir de aquí los libros ya no se venden, están a tu disposición para que los cojas y los leas todo el rato que te apetezca”.

 

La librería Shakespeare se encuentra en el número 37 de la rue de la Bûcherie de París. En el quinto distrito, justo frente a Notre Dame, pero al otro lado del río Sena. No es una librería para las masas, sino para un puñado de personas. Hay que ir con cuidado para caminar entre las estanterías y en el piso bajo apenas hay dos dependientes que jamás se mueven de sus cajeros. No acompañan a los clientes ni les preguntan: “¿Puedo ayudarle en algo?”, sino que se protege la sensación de una librería hogareña en la que cada cual puede ir a su libre albedrío, sin que nadie le llame la atención. Dentro reina un desorden agradable, impresión de dejadez, olor a papel viejo y madera astillada.

Al segundo piso se llega subiendo una escalerita de madera, en la cual hay que ir sorteando los libros desperdigados por los escalones para no pisarlos. Los libros de arriba no se venden, son solo para la lectura. Es este un espacio para el sosiego, lleno de cojines, taburetes de madera y cavidades en las esquinas, donde la gente se acurruca con su libro; un balcón abierto de par en par, que se ve desde la fachada y donde los visitantes se sientan a leer con las piernas colgando. Uno puede coger dos o tres almohadas orientales, sentarse cómodamente contra una estantería y leer mientras escucha a una chica cantando en la otra habitación, al compás de un piano empotrado en la pared. Junto a ella dos ancianos juegan al ajedrez, casi la mitad de las piezas se desparraman fuera de los límites del tablero. Al mismo tiempo, suena el traqueteo de una máquina de escribir. Será algún escritor asediado por la inspiración, que se desahoga desde el interior de una casetita de madera.

Pero al margen del encanto en las pequeñas cosas, la librería Shakespeare and Company se diferencia por su historia. El comienzo de su larga tradición se remonta a la década de los años 20, cuando Sylvia Beach, la propietaria más famosa de la librería, regentaba la Shakespeare y se hacía famosa por ser la primera en publicar el Ulises, de James Joyce. Por estos tiempos, frecuentaban la librería los llamados escritores de la Generación Perdida. Eran estos un grupo de notables autores estadounidenses que vivieron en París desde la Primera Guerra Mundial hasta la gran crisis económica previa a la Segunda Guerra Mundial. Entre ellos se encontraba Ernest HemingwayEzra PoundFrancis Scott Fitzgerald, la famosa marchante de arte pero también escritora Gertrude Stein, y el propio James Joyce.

La librería tuvo que cerrar en los años 40 debido al estallido de la Segunda Guerra Mundial, debido a la ocupación de Francia por parte de las potencias del eje. Se cuenta que un oficial alemán ordenó el cierre de la librería cuando Sylvia Beach se negó a venderle el último libro de Joyce. Afortunadamente, en los años 50 la Shakespeare and Company resurgió bajo el mando del americano George Whitman, que volvió a convertirla en uno de los centros de la cultura literaria del momento. En estos años, muchos de los escritores de la Generación Beat (Allen Ginsberg y William Burroughs sobre todo) se alojaron allí. Hoy en día, la librería Shakespeare de París se ha convertido en el símbolo por excelencia de la vida bohemia parisina, de literatura y de creación.

“Postales de invierno”: Contando copos de nieve

“Justo antes de que me marchara de casa cayó una nevada. Fuimos a ver a su mujer. De camino al hospital paramos a comprar la comida asquerosa de siempre y le cogimos unas revistas, las del hospital tienen todas las páginas rasgadas, y jabón, y cosas así. Cuando llegamos estaba sentada al lado de la ventana contemplando la nieve, y nos dijo, sin levantar la vista siquiera, sin saber quiénes éramos, que los médicos le habían dicho que sentarse a mirar la nieve era una pérdida de tiempo, que tendría que apuntarse a algo. Se rió un buen rato y nos dijo que no era una pérdida de tiempo. Quedarse mirando los copos de nieve sí que sería una pérdida de tiempo, pero ella los contaba. Y aunque contar copos de nieve fuera una pérdida de tiempo, ella no lo perdía, porque sólo contaba los que eran idénticos.”

Postales de inviernoAnne Beattie

Siempre he tenido debilidad por los finales de los libros. Si hay muchos escritores, como Enrique Vila-Matas o Hemingway que han escrito mucho acerca del terror de la hoja en blanco o de la importancia de las primeras palabras, yo, la verdad, me quedó con las últimas. De hecho, durante años, incluso ahora, lo que hago antes de comprarme un libro es leerme la frase final. Después, la dedicatoria. Sí, me gustan las dedicatorias.

Hay buenos inicios. Buenísimos. Pero hay mejores finales. Finales que convierten un libro en un ejemplar único. Uno de esos libros que cuando acabas de leerlo piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras. Esto lo dijo Holden Caulfield, pero es lo que me ocurrió con Postales de invierno. Aunque en este caso, no lo compré porque hubiera leído el final, sino porque di –por casualidad- con el maravilloso prólogo que había escrito para la ocasión Rodrigo Fresán: “Apuntes para una teoría del frío”, se llamaba. Y me enamoré del libro casi antes de leerlo.

Considerada en EE.UU como una de las novelas más influyentes de la década de los setenta, Postales de invierno ha sabido, como ninguna otra, reflejar el desencanto de la generación post-hippy. Charles, el protagonista, es un treintañero que pasa por la crisis de se-me-ha-pasado-el-arroz. Sigue perdidamente enamorado de su ex novia, Laura, ya casada y hará todo lo posible por reconquistarla. Por otro lado tenemos a Sam, su mejor amigo, un eterno parado que pertenecería a la generación ni-ni de hoy, y por último, tenemos a la madre de Charles, Clara, una divertida hipocondríaca que tiene episodios depresivos. Son personajes peculiares que convierten a la novela, como dice Fresán, y con razón, en “una de las novelas más tristemente graciosas o graciosamente tristes que jamás se hayan escrito”. Pero también es una novela encantadoramente real que aborda el ya universal tema del amor no correspondido y de las frustraciones de esa vida que se esfuma a mientras miramos a otro lado.

Hace tiempo le regalé el libro a un amigo y me dijo que no le había gustado: “No pasa nada”, se quejó. Y yo me dije que tal vez tuviera razón. Porque en el libro, en realidad, no ocurre nada trascendental. No hay frases lacrimógenas ni despedidas trágicas. No hay escenas pasionales en un ascensor, transacciones millonarias o discusiones acaloradas. Pero hay vida y muchas conversaciones en la cocina frente a tazas de café humeantes. Muchas tazas de café cuando afuera no hay mas que frío, nieve y la soledad de un invierno que parece que no va a acabar nunca. Un invierno y una vida llena de copos de nieve que nos parecen iguales. Sí, tal vez por eso me gustó tanto el libro.

Un año más tarde de que leyera el libro, un amigo mío entrevisto a Anne Beattie a raíz de la publicación de su siguiente libro Retratos de Will. Le dijo que yo era una enamorada del final de Postales de invierno y ella se sorprendió. Dijo que nadie se lo había dicho hasta entonces. Y al dedicarme el libro, escribió “For Laura, we’ll both wait for the two snowflakes that are just alike”.

Sé que toda esta historia de los copos de nieve es romántica, cursi incluso. Pero me gusta. Me gusta pensar que en la vida siempre estamos rodeados de infinidad de cosas que nos parecen iguales, pero que no lo son. Es como si tuviéramos un defecto de visión.

Antes han dicho que va a empezar a nevar hoy por aquí. Yo, por si acaso, seguiré mirando a través de la ventana y veré caer los copos de nieve. Estaré atenta. Y si encuentro a dos idénticos, llamaré a Anne Beattie. Claro.

¡OIjno9inú?•( ¡Asesinemos la escritura!

A Jacques Derrida le daba verdadero asco la manera en que se escribía, así que echó a correr hacia delante y propuso:

Asfianfpoaspo. Iasjs is iojfu h. oasofino. Iojosinopm poamninm pomsmp minf òpmponfu noianso noio po oj  8909 oi as ojiuy b. ¡Différance! Jigaliuh, toniks pom ujnño-. (Ionoansin jnonu99 97y noin ib)l, ¡deconstrucción!, ojaosin ununqaçf,- Oui.

Él quería una escritura rebelde, descarrilada y opuesta a toda racionalidad. Quería dislocar la unidad verbal y romper la superficie tranquila de las palabras. “¡Deconstrucción! ¡Deconstrucción!”, proclamaba. Había que demoler la gramática como quien le pega un martillazo al andamio de un edificio. O más que un martillazo, un cóctel molotov que deja a la pobre señora del quinto sin pared en la cocina y con los cables de la luz colgando. Abajo el edificio. Taladrar el orden. Jacques Derrida descuartizó las palabras.

La idea radical de Derrida se llama deconstrucción. A fuerza de machete, se trata de fracturar la lógica de las frases y hacerle un esguince a palabras. El lenguaje tiene unas reglas que los niños aprenden en las aulas de primaria. Si esas reglas no se respetan, la comunicación resulta caótica. Sería como si cada cual escribiese las tildes cuando le apeteciese, diese lo mismo v o b, e incluso echar abajo la estructura sujeto, verbo y predicado. A Derrida sin embargo, estas reglas le parecían injustas, represivas, así que se puso una careta y espantó a la fría razón; después abrió la puerta y le dijo al caos que ya podía entrar.

En esas aulas de colegio, la profesora de Lengua examinó al pequeño Derrida de sintaxis. Corría 1930 y el futuro filósofo y literato no era más que un estudiante que soñaba con ser futbolista. Pero terminaría tirando la toalla: no había manera de que metiese un gol y sus compañeros lo marginaban de los equipos. Tampoco en clase destacaba. Le costaba seguir el programa tradicional de Lengua; quizá hoy hubiese suspendido la Selectividad. Allá va la lección de primaria que Derrida nunca entendió:

El lenguaje con el que se habla y se escribe es un conjunto de signos. Un signo es, por ejemplo, “mesa”, que a su vez se divide en significante y significado. El significante es “mesa” entendida como cuatro letras juntas que forman una palabra. Mientras que el significado “mesa” se refiere al mueble de cuatro patas. Significante y significado son solo dos dimensiones del mismo signo: “mesa”. Es decir, la palabra (significante) y el objeto de la realidad (significado), unidos. Eso es el signo. Y el lenguaje es una bolsa de signos.

Si se entiende a la profesora, ya tiene acceso a uno de los literatos más complicados del último siglo. A Derrida le encantaba escribir; no tenía claro si ser escritor o filósofo. Al final fue un filósofo que trastocó la escritura, y un escritor que le pegó una patada en la ingle a la filosofía. Desde que falleció en 2004, todo huele a Derrida. De niño sufría bullying. Cuando empezó a estudiar Filosofía, tampoco le gustó que se marginase a la escritura. Entró como un elefante en una cacharrería y denunció que se oprimía a la escritura. La escritura era la gran marginada. Desde siempre, el habla era el popular de la clase. Cuando se quería comunicar algo, se decía y punto. Para tener una conversación de ascensor no hacía falta escribir nada. Solo se ponía por escrito cuando había que apuntar la lista de la compra o hacer los deberes.

Si la palabra oral era una copia de la realidad, la escrita era una copia de la oral (o sea, una copia de una copia). Otra vez: la lección significante-significado de la profesora de Lengua. La palabra oral tiene unos sonidos (significante) que apuntan a un objeto real (significado). Y después viene la escritura, maltratada y arrugándose el dobladillo del vestido. Solo se escribe lo que antes se ha dicho de palabra. La escritura solo es una copia de la palabra oral y por eso se convierte en el nivel más rebajado de todos: la copia de la copia.

Derrida no lo permitió. Montó en cólera y de un manotazo barrió todos los papeles de la mesa. Le pegó un tortazo en la cara a las filosofías de la razón y el orden, por su culpa la escritura estaba deprimida. Era ese orden, ese afán controlador de mujer neurótica el que impedía que la escritura se quitase los grilletes. Jacques Derrida, entonces ya filósofo mastodóntico, puso el foco en las pequeñas diferencias, la fragmentación, la minoría. ¡Nada de grandes leyes racionales que lo abarquen todo, que lo expliquen todo! ¡Deconstruyamos la razón! ¡Viva las diferencias! ¡Viva la escritura libre de opresión!

El resultado puede parecer extraño. Son textos complicados de leer, con palabras abiertas a múltiples significados o directamente inventadas, y en los que lo más importante de todo el libro puede estar en un epígrafe a pie de página. Derrida no quiso asesinar la escritura en sí, sino a esa vieja escritura tradicional que olía a rancio, a la escritura aplastada bajo el peso de la razón. Tampoco jugó a los malabares ni a hacerse el moderno; lo que él quiso fue destruir, sin compasión ni flaquezas, la dictadura de la razón.

“No son juegos de palabras, nunca me han interesado. Más bien son FUEGOS de palabras: consumir los signos hasta las cenizas”.

 

Esquizofrénicos y rizomas
Apenas cuatro años antes que Derrida, había nacido Michel Foucault. Por muy poco no coincidieron en clase de Filosofía, pero cuando Derrida llegó a la facultad, los vestigios de Foucault aún seguían por los pasillos. Derrida asimiló de un trago sus influencias.

Mientras el niño Derrida soñaba con porterías y fueras de juego, Foucault recorría el manicomio de su ciudad y dialogaba con los esquizofrénicos. Sus padres se tiraban de los pelos. Por aquel entonces, al pequeño futbolista le traían sin cuidado los locos, pero cuando llegó a la Facultad de Filosofía, encontró en Foucault la última pieza del rompecabezas. “Que la locura viva en sí misma, libre de la opresión racional, que viva a través del arte y la filosofía”, había dicho Foucault. Derrida empezó a ver la luz. Poco después, un eminente crítico literario llamado Maurice Blanchot saltó: “La locura, donde mejor es oída, es en la literatura”. Y la luz de Derrida se hizo epifanía. Literatura y sinrazón formarían un tándem imbatible, que Jacques Derrida entrenó hasta alcanzar el podio. Él crearía la archiescritura, una escritura originaria, pura por sí misma y anterior a toda oposición significante-significado.

La archiescritura miraría por encima del hombro al lenguaje oral, ya no sería nunca más la tímida de la clase. Se alzaría victoriosa, libre de toda razón, sin nexos que uniesen sus palabras ni sus letras. Los esquizofrénicos de Foucault no eran capaces de sentir su cuerpo como una unidad. Lo percibían como un caos de partes fragmentadas, desarticuladas, sin relación entre sí. La archiescritura también sería esquizofrénica.

Cuando Derrida miraba a sus espaldas, advertía que algo no estaba bien. Le parecía que la realidad siempre se había interpretado en términos de lucha y oposición. El bien contra el mal, lo feo y lo bello, el hombre y la mujer, el cielo y la tierra… Todo eran dualidades. Y una lucha de dos trae un vencedor y un derrotado. A Jacques Derrida le salía urticaria solo de pensarlo. Se negó categóricamente a seguir la corriente, y así nació el rizoma.

Un rizoma es un tallo subterráneo propio de plantas de montaña, del que brotan directamente hojas y raíces, atropellándose y sin orden. Cuando Derrida se enteró, encontró la perfecta metáfora. La archiescritura era escritura de rizomas. Las raíces crecieron tan rápido que en cuestión de años plagaron Francia e invadieron España. Julio Cortázar escribía capítulos desordenados, libros que podían leerse al revés; Kafka narraba situaciones absurdas e inquietantes, Deleuze y Guattari se sacan de la manga las Mil Mesetas (un libro cuyos temas se dispersan como las ramas de un árbol, en favor de los rizomas. Cada Meseta es un episodio desvinculado del resto). En España, Juan Goytisolo también hacía de las suyas.

Aquí va un fragmento del capítulo 68 de la Rayuela de Julio Cortázar, una de las pruebas de la deconstrucción:

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

La farmacia de Platón
Derrida tenía un pequeño enemigo. Al estudiar Filosofía, cogió manía al gran filósofo griego Platón y fue justo esa ojeriza lo que le llevó a defender escrituras como la de Cortázar. Pero, ¿qué había hecho Platón para merecer tanto desprecio? Lo peor que podía hacer: clavarle un puñal a la amante de Derrida, la escritura.

Para Platón, la escritura era un invento barato. Hasta tal punto, que cuando diseñó su sociedad ideal, la República, quiso expulsar a los poetas, pegarles un puntapiés y que se fueran al mar. Los poetas eran unos mentirosos. La novela de Homero sobre la Guerra de Troya no era más que un cúmulo de sandeces, lo importante había sido la historia, la guerra en sí y no la versión épica de un poeta ciego. Las novelas siempre pasan por un filtro: el escritor, y por eso no son la realidad impecable.

Todos los pensadores antiguos opinaban igual: lo importante era el hecho, lo real. El significado antes que el significante, diría la profesora de Lengua. La gramática quedaba en segundo plano. Llegaba incluso a ser un obstáculo para captar las cosas tal como son. La escritura podía corromper y manipular los hechos y por eso Platón defendía que la filosofía de verdad, la buena, solo salía dialogando entre amigos. ¡Pero nunca escribiendo!

¿Dónde quedaba, entonces, la pobre escritura? Platón contesta que en los estantes de la farmacia; sería un fármaco contra el olvido. Si ves que no lo vas a recordar, apúntalo. Justo lo que le revolvió las entrañas a Derrida: la escritura, para la lista de la compra. Para todo lo demás, hablemos.

La escritura de una asesina
Jacques Derrida no lo pudo soportar. Renegó de Platón y le tachó como el fundador de una apestosa filosofía que marginaba la escritura. Dejó a un lado las obras del filósofo y las sustituyó por las novelas literarias. Y si uno se mete en el mundillo, lo siguiente es darse de bruces con El Quijote. Y la pregunta tópica: por qué semejante mastodonte del siglo diecisiete es una cumbre de la literatura occidental. El rebelde Derrida da la espalda a Platón y presta atención a la escritura. Esta habla bajito, pero Derrida pega la oreja y escucha en silencio. Veamos qué tiene que decir:

“Al principio el lenguaje era transparente: ‘mesa’ hacía referencia al mueble de cuatro patas, y nadie dudaba. Pero en los años de Derrida y de Foucault, las cosas son diferentes. La filosofía y la literatura se han hecho mayores y están muy cambiadas. La palabra se ha vuelto un objeto de conocimiento más, no se resigna a ser un simple medio para representar las cosas. Al lenguaje le ha entrado ombliguismo, ¡quiere ser cosa real, ya no le vale con mirar a la mesa!“. Es justo lo que cuenta Esto no es una pipa, de René Magritte. Claro que no es una pipa, ¡es un cuadro de una pipa!

Primero quiere ser independiente, la escritura quiere irse de casa; pero no se detiene ahí. Una vez que todos la miran, comete un trágico asesinato. La escritura degüella a su propio padre, a aquel que le dio sentido y le hizo aparecer en el mundo: el logos. Es la palabra griega para razón. La escritura se queda huérfana por voluntad propia. Se acabó estar atada a la razón, ahora la escritura no tiene normas ni leyes. Su independencia solo se consuma cuando ya no tiene límites ni imposiciones por encima. Una escritura así se alía con las filosofías nómadas: aquellas que pastan cada día en un lugar, sin planes ni proyectos. Se convierte en irracional y descontrolada. El Marqués de Sade (escritor francés, anfitrión de las orgías que llevan su nombre) le dio el sí quiero a esta escritura homicida. Su pluma inocula una oscura violencia, una prosa exterminadora que golpea los límites del lenguaje. Pero Sade es demasiado devastador. La misma escritura aparecerá, de manera más sutil, casi como una sombra difusa, en el QuijoteDerrida apunta con el dedo y da en el clavo cuando, ¡ajá!, ahí está. Don Quijote se está volviendo loco y abandona los libros para acercarse a las cosas. Ensilla a Rocinante y se propone vivir las aventuras en su propia piel, la locura le empuja a ello porque palabras y realidad ya no son lo mismo. La escritura ya no es prosa del mundo. Las palabras ya no marcan cosas, duermen entre las páginas de libros llenos de polvo.

Así es la creación de Jacques Derrida. En su afán de libertad, la escritura se desvincula del mundo. La deconstrucción derridiana arremete con furia y sin reparos, arrasa toda ley a su paso y sepulta la gramática. Después, falta descubrir si al campo de batalla le llega un nuevo amanecer, o si solo quedan palabras troceadas. Derrida quiso salvar a su gran amante, la escritura. Que fuese ella misma, sin opresión; pero al final de la lucha Derrida tiene sangre en las manos. La escritura se desangra cuando no hay reglas que le permitan y ponaiposnu omfn nounll 0^*

Álvaro de la Rica: “Aquel que piensa que tras cada frase de un escritor hay una decisión racional y pensada no sabe lo que es literatura”

El escritor y profesor de la Universidad de Navarra ha publicado La tercera persona, su primera obra de ficción

Álvaro de la Rica es profesor de Literatura y Teoría Literaria en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra. A principios de julio ha visto la luz su primera obra de ficción, La tercera persona(Editorial Alfabia), y lo ha hecho en la librería “La buena vida” de su Madrid natal, con el beneplácito de Mercedes Monmany (ABC) y de Javier Gomá (El País). La tercera persona, además, ha sido elogiada por el escritor italiano Claudio Magris y por el prestigioso novelista catalán Enrique Vila-Matas.

De la Rica ha publicado también En lo más profundo del bosque. La juventud de Julien Green (1998), Estudios sobre Claudio Magris (2000), Homenaje a José Jiménez Lozano (2006) y Kafka y el holocausto (2009). Ha ejercido la crítica literaria en los diarios ABCEl MundoLa Razón y La Vanguardia, es colaborador de publicaciones como Revista de LibrosTuria, o Revista de Occidente y actualmente trabaja en un libro sobre la guerra civil y el exilio español de 1939.

La tercera persona cuenta la historia de amistad y amor de Jacob, un profesor de literatura, judío y neoyorquino criado en Europa y de Claire, una mujer separada que busca entre varios hombres su camino en la vida.

¿Qué es para Álvaro de la Rica La tercera persona?

Es en esencia una historia de amor. Pero no puede haber una historia así sin que la muerte aparezca en el horizonte, y por ello la decrepitud y la enfermedad están presentes en toda la novela cercando y amenazando a sus personajes. Creo que hay un mundo visible y otro invisible, y en este último juegan un papel crucial los muertos. Por eso aludo a lo invisible como un mundo al que accedemos mediante la muerte. Hay ciertos momentos en la novela, como cuando Jacob pasea por París, en los que se configura un ambiente fantasmagórico haciendo referencia precisamente a todo eso. Al principio Jacob escribe en su cuaderno que todas las civilizaciones han hecho referencia a la muerte; en eso estoy de acuerdo con él: aunque sólo sea por una cuestión cuantitativa, lo cierto es que estaremos mucho más tiempo muertos que vivos. Y algo de ese horizonte de amor y de muerte es lo que atraviesa La tercera persona.

Jacob, el protagonista…

Es un hombre y como todos los demás puede ser débil y hasta caprichoso, pero también es capaz de hacer el bien y de arrastrar el dolor de los demás y el sacrificio. La verdad es que no he tenido interés en reflejar a un superhombre, al que está por encima del bien y del mal o a aquel que nunca tiene problemas. La novela está escrita con un concepto realista de de la condición humana. La humanidad manifiesta a diario el error y hasta el horror, pero también la grandeza de la humildad y del perdón. Jacob quiere ser fiel al amor y no lo es, va madurando lentamente hasta que comprende que casi nunca pasa nada, que todos somos imperfectos y que la estabilidad matrimonial incluye la realidad de que no somos impecables.

Enseguida uno comprende que La tercera persona no está relatada de un modo convencional. En ella se entremezclan la reflexión, los sueños, las epístolas junto con la acción de propio relato. Para Álvaro de la Rica, la forma en que uno cuenta algo tiene mucho que decir.

La literatura tiene esa grandeza: romper el punto de vista, a diferencia de lo que sucede en otras formas de expresión intelectual. Ocurre como cuando estamos a punto de caer dormidos. No en vano Kafka y Proust han jugado mucho con esos momentos límite del sueño, la caída en el sueño y el despertar, instantes en los que el yo parece que se rompe o se diluye, pero en todo caso se abre. Y en otro sentido también me gusta la idea barroca de que el mundo es un teatro. Nos presentamos ante las diferentes personas de diferentes maneras. Con unas personas somos de una modo y con otras somos de otro, casi parece que se multiplicase nuestro yo. Y en la novela he querido jugar con esas perspectivas diferentes. Al final, una historia es lo que sucede, pero puede ser contemplada con otras visiones. En el fondo, mi pretensión es crear una novela cubista, romper las perspectivas y disponerlas sobre el plano de la escritura. Aunque me parece necesario que la historia sea reconocible porque me interesa el lector normal y no solo el lector acostumbrado a la experimentación literaria. Si haces algo muy rupturista, pierdes a muchos lectores.

Usted antes mencionó a Kafka y ya desde la primera página del libro hace una referencia a Los muertos, el relato del escritor irlandés James Joyce incluido en Dublineses. ¿Por qué?

Como le señalaba antes, he querido recuperar esa realidad invisible en la que los muertos juegan un gran papel. En un escritor uno debe encontrar lo que han escrito antes otros, las palabras de los otros que han hablado antes que él y también por eso ahí está Joyce. Y en cuanto a Kafka, mientras escribía mi ensayo Kafka y el holocausto, se acumularon gran cantidad de ideas hasta el punto de que llegué a entrar en un estado interior de mucha tensión: llegó un momento en que no podía respirar. En algunas ocasiones fue literalmente así. El epistolario de Kafka me estaba apelando a cosas muy personales y sabía que en un discurso académico toda aquella energía no podía salir. Necesité escribir una historia que me ayudase a sacar una parte de lo que se me estaba acumulando.

¿Como una purga?

Quizá como una purga, sí. O más bien como una compensación. Yo diría que esa es la palabra: una compensación para mi equilibrio interior. Intentar compensar una cosa con la otra. Ese es el papel que jugaron las cartas de Kafka, el material que consulté a la hora de escribir mi ensayo. Y más en concreto las cartas a Felice Bauer. Es una relación en la que se ve muy bien que la estabilidad del matrimonio es algo necesario, pero también que esa estabilidad puede esconder mucho horror. El hombre necesita la estabilidad pero también la libertad. Kafka sabía que Felice es una mujer con la que tendría una vida estable, pero esa vida estable le arrojaría de sí mismo.

Si La tercera persona ha sido una compensación, he de suponer que al escribirla se dejó llevar. ¿No contrasta eso con que el escritor sea en todo momento dueño de su historia?

Quien piense que detrás de cada frase de un escritor hay una decisión racional y bien pensada, no sabe bien lo que es la literatura. Hay un componente imprescindible de dejarse llevar, un punto de irracionalidad. El arte tiene ese componente inexplicable y si le quitas eso pierde toda su aura. Si en cambio algo está en ese flujo, en ese torrente, entonces como lector notas enseguida ese encanto. A mí la frialdad no me gusta nada. La historia termina imponiéndosele al escritor y por eso pienso que la labor del artista tiene mucho de expectación, de ser espectador.

¿Y qué hay de ese equilibrio entre el dejarse llevar y el ser dueño de la historia?

Eso se termina produciendo de manera natural. Te das cuenta cuando te intentas imponer a la historia, y entonces comprendes que no funciona. Cuando el elemento racional o de control se pasa de la raya, salta un piloto. Si alguien tiene sensibilidad para escribir, sabe cómo hacerlo. Verás, el otro día tuve un sueño. Yo mismo aparecía en el sueño e incluso tomaba decisiones dentro de él. Creo que la literatura se parece a eso. Que nadie te diga lo que tienes que decidir en tu escritura, como sucede en un sueño, en el que lo haces sin ser consciente ni responsable de ello. De hecho, como yo mismo me dé cuenta de lo que decido, mala cosa. Por ejemplo, hay en la novela varias meteduras de pata lingüísticas, pero me ha dado igual. Quería que fuera así. No me interesaba corregir, sino expresar. Yo no quería ser de nuevo el profesor y el teórico, sino el escritor que ensaya y que se equivoca.

¿Qué le ha reportado escribir La tercera persona?

La literatura ayuda a convertir las cosas en realidades abiertas. A los veinte años mi visión de la realidad era mucho más cerrada, y no solamente por el momento de la vida en el que estaba, sino porque no tenía experiencia de la escritura. No hubiera podido escribir esta novela con veinte años. A esa edad tienes una visión ideal de las cosas y lo que yo he escrito no es una idea sino una realidad, y muy tangible. La literatura, además, da la posibilidad de pensar abiertamente. Produce algo que tiene un enorme valor sapiencial, no previamente definido, sino abierto. Por eso el arte sugiere tanto.

Y habrá secuela, ¿no es así?

Trabajo en ello. Lo publicado de La tercera persona contiene tan solo dos de las nueve historias que verán la luz pronto. Mi editora prefirió fragmentarla y a mí no me pareció mal. Espero que la segunda parte esté para primavera-verano, para la Feria del Libro de Madrid.

Murakami y el realismo mágico (I)

Orwell ha vuelto, pero en esta ocasión a la japonesa. La curiosa reencarnación del mago de la literatura distópica se llama Haruki Murakami, un nipón maduro de una sencillez y profundidad abrumadoras.

Murakami, escritor precoz y traductor, apenas sonaba a nadie hasta 1987, cuando su novela Tokio Bluesarrasó en las librerías de todo el mundo e incorporó el relato del Japón moderno a la cultura occidental, a la manera del cine de Kurosawa: con un aire contemporáneo, pero sin perder sus raíces. Con 1Q84, su última obra, parece que ha alcanzado, como muchos críticos dictaminan, el culmen de este éxito.

No se puede negar que, con esta última y extensa novela, el japonés ha logrado consagrarse como el mejor representante del realismo mágico japonés. La claridad y el llanismo característicos del autor hacen que una historia de más de un millar de páginas resulte amena e incluso liviana, y que sus minuciosas descripciones de la vida cotidiana den credibilidad a una historia en la que lo fantástico aparece de modo discreto en cada esquina.

Tengo y Aomame, sus dos protagonistas, son, como se acostumbra en el universo del autor, dos seres solitarios y asolados por un recuerdo que marcó un antes y un después en su existencia. Ambos atesoran secretos –Aomame es una asesina a sueldo a la que lo que menos mueve es, precisamente, el dinero-, y pasiones –Tengo sueña con publicar su propia novela y para ello se inmiscuirá en un enorme cúmulo de problemas-. Sus dos vidas convergen en un punto de encuentro: Fukaeri, una lacónica adolescente que, en su enigmático libro La crisálida de aire, crea un mundo en el que nada es lo que aparenta ser, y en el que unos seres semejantes al Gran Hermano orwelliano –la llamada little people- siempre están al acecho.Hasta aquí el primer tomo, que contiene las dos primeras partes de la historia, y que hasta hace un par de semanas no había llegado al mercado español. En la tercera parte de la saga, que ya ha arrasado en las librerías japonesas, la historia continúa con la entrada de un nuevo personaje: un detective que tratará de desentrañar los entresijos de un universo tan aparentemente incomprensible como perfecto.

A medida que avanza el relato, tanto la existencia de la little people como la realidad en la que Tengo y Aomame viven se empiezan a cuestionar. ¿Por qué hay dos lunas suspendidas en el cielo? ¿Qué ley mueve a los personajes a encontrarse irremediablemente y a moverse en un círculo concéntrico de acontecimientos de los que parece imposible huir? ¿Cuáles son las razones que les han impulsado a ellos, y no a otros, a traspasar el fino límite entre el mundo real y la realidad alternativa? ¿Es ésta última la verdadera realidad?

Con estas reminiscencias distópicas –hasta el propio título es una alteración del ambiente, marcada por la Q que lo cuestiona todo-, Murakami envuelve, engancha y guía al lector en un paseo por la cotidianidad enrarecida. La identificación con los sentimientos humanos más básicos –amor, deseo, frustración, curiosidad, rabia- es, como en muchas de sus obras, la atracción principal de la historia y, al mismo tiempo, el fin último de ésta. Porque los relatos del japonés siempre se dirigen, en última instancia, al mismo punto: a hacer comprensible, con el arma de la simplicidad, un mundo quizá demasiado complejo.

Libros del Asteroide y la literatura estadounidense

Si bien estamos acostumbrados a encasillar la literatura americana contemporánea dentro del best seller o la novela policíaca, su horizonte es mucho más amplio.

La literatura norteamericana ha sido y sigue siendo un referente de primer nivel. Un lugar donde se dan cita los temas más diversos, tales como el regreso a la infancia, el amor a la naturaleza, las relaciones familiares… El denominador común a esta temática tan variada suele ser un estilo directo, sencillo y profundo al mismo tiempo. La literatura norteamericana contemporánea tiene la virtud de tocar temas de gran calado humano a través de las situaciones de la vida diaria.

De entre las novelas publicadas en los últimos años en España pertenecientes a este ámbito, destacamos la interesante selección que nos ofrece la editorial Libros del Asteroide.

De entre las novelas publicadas en los últimos años en España pertenecientes a este ámbito, destacamos la interesante selección que nos ofrece la editorial Libros del Asteroide. Entre sus publicaciones encontramos nombres como Sloan Wilson, Ivan Doig, Jetta Carleton, Wallace Stegner o William Maxwell. La mayoría de estas obras han sido publicadas por primera vez en España en los últimos años y, sorprendentemente, muchas de ellas han contado con una gran acogida.

El regreso a la infancia, así como la madurez –el paso a la adolescencia y más tarde a la juventud-, son temas recurrentes en Ivan Doig (con su novela Una temporada para silbar, publicada en primavera de 2011 por Libros del Asteroide), Carleton (la única novela que escribió, Cuatro hermanas, se asemeja mucho a la obra de Doig) y Maxwell. Quizá sea este último autor el que más ha profundizado en estos temas con sus novelas publicadas por esta misma editorial: Vinieron como golondrinasLa hoja plegada y Adiós, hasta mañana. Maxwell, editor literario, tuvo la suerte de trabajar con escritores tan distinguidos como J.D. Salinger o John Updike. Y no sólo lo malo se pega, lo bueno también. En su obra destaca la elaborada psicología de los personajes, la sencillez de la prosa y la belleza que Maxwell descubre en lo cotidiano, incluso en las situaciones más dramáticas.

Otros temas habituales en estos autores son la familia, la amistad o la naturaleza. Quizá sean obras de Wilson (El hombre del traje gris) o Stegner (En lugar seguro, la primera de sus obras publicada en castellano en 2008) las que más enfaticen estos temas. Por un lado, Wilson nos habla del mundo despiadado de los negocios, capaz de llevar a un padre de familia al borde de una crisis vital. Por otro, Stegner nos sorprende con una increíble historia sobre una fuerte amistad entre dos matrimonios. ¿Cómo es posible que obras tan sencillas atraigan la atención del lector de hoy?, ¿no es mejor un best seller policíaco? Parece ser que no. Stegner decía que su objetivo era escribir “sobre un ser humano bueno, amable, decente de verdad, que vive una vida normal en una comunidad normal y se interesa por las cosas que interesan a la mayoría de la gente corriente”. Un buen objetivo.