¡OIjno9inú?•( ¡Asesinemos la escritura!

A Jacques Derrida le daba verdadero asco la manera en que se escribía, así que echó a correr hacia delante y propuso:

Asfianfpoaspo. Iasjs is iojfu h. oasofino. Iojosinopm poamninm pomsmp minf òpmponfu noianso noio po oj  8909 oi as ojiuy b. ¡Différance! Jigaliuh, toniks pom ujnño-. (Ionoansin jnonu99 97y noin ib)l, ¡deconstrucción!, ojaosin ununqaçf,- Oui.

Él quería una escritura rebelde, descarrilada y opuesta a toda racionalidad. Quería dislocar la unidad verbal y romper la superficie tranquila de las palabras. “¡Deconstrucción! ¡Deconstrucción!”, proclamaba. Había que demoler la gramática como quien le pega un martillazo al andamio de un edificio. O más que un martillazo, un cóctel molotov que deja a la pobre señora del quinto sin pared en la cocina y con los cables de la luz colgando. Abajo el edificio. Taladrar el orden. Jacques Derrida descuartizó las palabras.

La idea radical de Derrida se llama deconstrucción. A fuerza de machete, se trata de fracturar la lógica de las frases y hacerle un esguince a palabras. El lenguaje tiene unas reglas que los niños aprenden en las aulas de primaria. Si esas reglas no se respetan, la comunicación resulta caótica. Sería como si cada cual escribiese las tildes cuando le apeteciese, diese lo mismo v o b, e incluso echar abajo la estructura sujeto, verbo y predicado. A Derrida sin embargo, estas reglas le parecían injustas, represivas, así que se puso una careta y espantó a la fría razón; después abrió la puerta y le dijo al caos que ya podía entrar.

En esas aulas de colegio, la profesora de Lengua examinó al pequeño Derrida de sintaxis. Corría 1930 y el futuro filósofo y literato no era más que un estudiante que soñaba con ser futbolista. Pero terminaría tirando la toalla: no había manera de que metiese un gol y sus compañeros lo marginaban de los equipos. Tampoco en clase destacaba. Le costaba seguir el programa tradicional de Lengua; quizá hoy hubiese suspendido la Selectividad. Allá va la lección de primaria que Derrida nunca entendió:

El lenguaje con el que se habla y se escribe es un conjunto de signos. Un signo es, por ejemplo, “mesa”, que a su vez se divide en significante y significado. El significante es “mesa” entendida como cuatro letras juntas que forman una palabra. Mientras que el significado “mesa” se refiere al mueble de cuatro patas. Significante y significado son solo dos dimensiones del mismo signo: “mesa”. Es decir, la palabra (significante) y el objeto de la realidad (significado), unidos. Eso es el signo. Y el lenguaje es una bolsa de signos.

Si se entiende a la profesora, ya tiene acceso a uno de los literatos más complicados del último siglo. A Derrida le encantaba escribir; no tenía claro si ser escritor o filósofo. Al final fue un filósofo que trastocó la escritura, y un escritor que le pegó una patada en la ingle a la filosofía. Desde que falleció en 2004, todo huele a Derrida. De niño sufría bullying. Cuando empezó a estudiar Filosofía, tampoco le gustó que se marginase a la escritura. Entró como un elefante en una cacharrería y denunció que se oprimía a la escritura. La escritura era la gran marginada. Desde siempre, el habla era el popular de la clase. Cuando se quería comunicar algo, se decía y punto. Para tener una conversación de ascensor no hacía falta escribir nada. Solo se ponía por escrito cuando había que apuntar la lista de la compra o hacer los deberes.

Si la palabra oral era una copia de la realidad, la escrita era una copia de la oral (o sea, una copia de una copia). Otra vez: la lección significante-significado de la profesora de Lengua. La palabra oral tiene unos sonidos (significante) que apuntan a un objeto real (significado). Y después viene la escritura, maltratada y arrugándose el dobladillo del vestido. Solo se escribe lo que antes se ha dicho de palabra. La escritura solo es una copia de la palabra oral y por eso se convierte en el nivel más rebajado de todos: la copia de la copia.

Derrida no lo permitió. Montó en cólera y de un manotazo barrió todos los papeles de la mesa. Le pegó un tortazo en la cara a las filosofías de la razón y el orden, por su culpa la escritura estaba deprimida. Era ese orden, ese afán controlador de mujer neurótica el que impedía que la escritura se quitase los grilletes. Jacques Derrida, entonces ya filósofo mastodóntico, puso el foco en las pequeñas diferencias, la fragmentación, la minoría. ¡Nada de grandes leyes racionales que lo abarquen todo, que lo expliquen todo! ¡Deconstruyamos la razón! ¡Viva las diferencias! ¡Viva la escritura libre de opresión!

El resultado puede parecer extraño. Son textos complicados de leer, con palabras abiertas a múltiples significados o directamente inventadas, y en los que lo más importante de todo el libro puede estar en un epígrafe a pie de página. Derrida no quiso asesinar la escritura en sí, sino a esa vieja escritura tradicional que olía a rancio, a la escritura aplastada bajo el peso de la razón. Tampoco jugó a los malabares ni a hacerse el moderno; lo que él quiso fue destruir, sin compasión ni flaquezas, la dictadura de la razón.

“No son juegos de palabras, nunca me han interesado. Más bien son FUEGOS de palabras: consumir los signos hasta las cenizas”.

 

Esquizofrénicos y rizomas
Apenas cuatro años antes que Derrida, había nacido Michel Foucault. Por muy poco no coincidieron en clase de Filosofía, pero cuando Derrida llegó a la facultad, los vestigios de Foucault aún seguían por los pasillos. Derrida asimiló de un trago sus influencias.

Mientras el niño Derrida soñaba con porterías y fueras de juego, Foucault recorría el manicomio de su ciudad y dialogaba con los esquizofrénicos. Sus padres se tiraban de los pelos. Por aquel entonces, al pequeño futbolista le traían sin cuidado los locos, pero cuando llegó a la Facultad de Filosofía, encontró en Foucault la última pieza del rompecabezas. “Que la locura viva en sí misma, libre de la opresión racional, que viva a través del arte y la filosofía”, había dicho Foucault. Derrida empezó a ver la luz. Poco después, un eminente crítico literario llamado Maurice Blanchot saltó: “La locura, donde mejor es oída, es en la literatura”. Y la luz de Derrida se hizo epifanía. Literatura y sinrazón formarían un tándem imbatible, que Jacques Derrida entrenó hasta alcanzar el podio. Él crearía la archiescritura, una escritura originaria, pura por sí misma y anterior a toda oposición significante-significado.

La archiescritura miraría por encima del hombro al lenguaje oral, ya no sería nunca más la tímida de la clase. Se alzaría victoriosa, libre de toda razón, sin nexos que uniesen sus palabras ni sus letras. Los esquizofrénicos de Foucault no eran capaces de sentir su cuerpo como una unidad. Lo percibían como un caos de partes fragmentadas, desarticuladas, sin relación entre sí. La archiescritura también sería esquizofrénica.

Cuando Derrida miraba a sus espaldas, advertía que algo no estaba bien. Le parecía que la realidad siempre se había interpretado en términos de lucha y oposición. El bien contra el mal, lo feo y lo bello, el hombre y la mujer, el cielo y la tierra… Todo eran dualidades. Y una lucha de dos trae un vencedor y un derrotado. A Jacques Derrida le salía urticaria solo de pensarlo. Se negó categóricamente a seguir la corriente, y así nació el rizoma.

Un rizoma es un tallo subterráneo propio de plantas de montaña, del que brotan directamente hojas y raíces, atropellándose y sin orden. Cuando Derrida se enteró, encontró la perfecta metáfora. La archiescritura era escritura de rizomas. Las raíces crecieron tan rápido que en cuestión de años plagaron Francia e invadieron España. Julio Cortázar escribía capítulos desordenados, libros que podían leerse al revés; Kafka narraba situaciones absurdas e inquietantes, Deleuze y Guattari se sacan de la manga las Mil Mesetas (un libro cuyos temas se dispersan como las ramas de un árbol, en favor de los rizomas. Cada Meseta es un episodio desvinculado del resto). En España, Juan Goytisolo también hacía de las suyas.

Aquí va un fragmento del capítulo 68 de la Rayuela de Julio Cortázar, una de las pruebas de la deconstrucción:

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

La farmacia de Platón
Derrida tenía un pequeño enemigo. Al estudiar Filosofía, cogió manía al gran filósofo griego Platón y fue justo esa ojeriza lo que le llevó a defender escrituras como la de Cortázar. Pero, ¿qué había hecho Platón para merecer tanto desprecio? Lo peor que podía hacer: clavarle un puñal a la amante de Derrida, la escritura.

Para Platón, la escritura era un invento barato. Hasta tal punto, que cuando diseñó su sociedad ideal, la República, quiso expulsar a los poetas, pegarles un puntapiés y que se fueran al mar. Los poetas eran unos mentirosos. La novela de Homero sobre la Guerra de Troya no era más que un cúmulo de sandeces, lo importante había sido la historia, la guerra en sí y no la versión épica de un poeta ciego. Las novelas siempre pasan por un filtro: el escritor, y por eso no son la realidad impecable.

Todos los pensadores antiguos opinaban igual: lo importante era el hecho, lo real. El significado antes que el significante, diría la profesora de Lengua. La gramática quedaba en segundo plano. Llegaba incluso a ser un obstáculo para captar las cosas tal como son. La escritura podía corromper y manipular los hechos y por eso Platón defendía que la filosofía de verdad, la buena, solo salía dialogando entre amigos. ¡Pero nunca escribiendo!

¿Dónde quedaba, entonces, la pobre escritura? Platón contesta que en los estantes de la farmacia; sería un fármaco contra el olvido. Si ves que no lo vas a recordar, apúntalo. Justo lo que le revolvió las entrañas a Derrida: la escritura, para la lista de la compra. Para todo lo demás, hablemos.

La escritura de una asesina
Jacques Derrida no lo pudo soportar. Renegó de Platón y le tachó como el fundador de una apestosa filosofía que marginaba la escritura. Dejó a un lado las obras del filósofo y las sustituyó por las novelas literarias. Y si uno se mete en el mundillo, lo siguiente es darse de bruces con El Quijote. Y la pregunta tópica: por qué semejante mastodonte del siglo diecisiete es una cumbre de la literatura occidental. El rebelde Derrida da la espalda a Platón y presta atención a la escritura. Esta habla bajito, pero Derrida pega la oreja y escucha en silencio. Veamos qué tiene que decir:

“Al principio el lenguaje era transparente: ‘mesa’ hacía referencia al mueble de cuatro patas, y nadie dudaba. Pero en los años de Derrida y de Foucault, las cosas son diferentes. La filosofía y la literatura se han hecho mayores y están muy cambiadas. La palabra se ha vuelto un objeto de conocimiento más, no se resigna a ser un simple medio para representar las cosas. Al lenguaje le ha entrado ombliguismo, ¡quiere ser cosa real, ya no le vale con mirar a la mesa!“. Es justo lo que cuenta Esto no es una pipa, de René Magritte. Claro que no es una pipa, ¡es un cuadro de una pipa!

Primero quiere ser independiente, la escritura quiere irse de casa; pero no se detiene ahí. Una vez que todos la miran, comete un trágico asesinato. La escritura degüella a su propio padre, a aquel que le dio sentido y le hizo aparecer en el mundo: el logos. Es la palabra griega para razón. La escritura se queda huérfana por voluntad propia. Se acabó estar atada a la razón, ahora la escritura no tiene normas ni leyes. Su independencia solo se consuma cuando ya no tiene límites ni imposiciones por encima. Una escritura así se alía con las filosofías nómadas: aquellas que pastan cada día en un lugar, sin planes ni proyectos. Se convierte en irracional y descontrolada. El Marqués de Sade (escritor francés, anfitrión de las orgías que llevan su nombre) le dio el sí quiero a esta escritura homicida. Su pluma inocula una oscura violencia, una prosa exterminadora que golpea los límites del lenguaje. Pero Sade es demasiado devastador. La misma escritura aparecerá, de manera más sutil, casi como una sombra difusa, en el QuijoteDerrida apunta con el dedo y da en el clavo cuando, ¡ajá!, ahí está. Don Quijote se está volviendo loco y abandona los libros para acercarse a las cosas. Ensilla a Rocinante y se propone vivir las aventuras en su propia piel, la locura le empuja a ello porque palabras y realidad ya no son lo mismo. La escritura ya no es prosa del mundo. Las palabras ya no marcan cosas, duermen entre las páginas de libros llenos de polvo.

Así es la creación de Jacques Derrida. En su afán de libertad, la escritura se desvincula del mundo. La deconstrucción derridiana arremete con furia y sin reparos, arrasa toda ley a su paso y sepulta la gramática. Después, falta descubrir si al campo de batalla le llega un nuevo amanecer, o si solo quedan palabras troceadas. Derrida quiso salvar a su gran amante, la escritura. Que fuese ella misma, sin opresión; pero al final de la lucha Derrida tiene sangre en las manos. La escritura se desangra cuando no hay reglas que le permitan y ponaiposnu omfn nounll 0^*

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