Murakami y el realismo mágico (I)

Orwell ha vuelto, pero en esta ocasión a la japonesa. La curiosa reencarnación del mago de la literatura distópica se llama Haruki Murakami, un nipón maduro de una sencillez y profundidad abrumadoras.

Murakami, escritor precoz y traductor, apenas sonaba a nadie hasta 1987, cuando su novela Tokio Bluesarrasó en las librerías de todo el mundo e incorporó el relato del Japón moderno a la cultura occidental, a la manera del cine de Kurosawa: con un aire contemporáneo, pero sin perder sus raíces. Con 1Q84, su última obra, parece que ha alcanzado, como muchos críticos dictaminan, el culmen de este éxito.

No se puede negar que, con esta última y extensa novela, el japonés ha logrado consagrarse como el mejor representante del realismo mágico japonés. La claridad y el llanismo característicos del autor hacen que una historia de más de un millar de páginas resulte amena e incluso liviana, y que sus minuciosas descripciones de la vida cotidiana den credibilidad a una historia en la que lo fantástico aparece de modo discreto en cada esquina.

Tengo y Aomame, sus dos protagonistas, son, como se acostumbra en el universo del autor, dos seres solitarios y asolados por un recuerdo que marcó un antes y un después en su existencia. Ambos atesoran secretos –Aomame es una asesina a sueldo a la que lo que menos mueve es, precisamente, el dinero-, y pasiones –Tengo sueña con publicar su propia novela y para ello se inmiscuirá en un enorme cúmulo de problemas-. Sus dos vidas convergen en un punto de encuentro: Fukaeri, una lacónica adolescente que, en su enigmático libro La crisálida de aire, crea un mundo en el que nada es lo que aparenta ser, y en el que unos seres semejantes al Gran Hermano orwelliano –la llamada little people- siempre están al acecho.Hasta aquí el primer tomo, que contiene las dos primeras partes de la historia, y que hasta hace un par de semanas no había llegado al mercado español. En la tercera parte de la saga, que ya ha arrasado en las librerías japonesas, la historia continúa con la entrada de un nuevo personaje: un detective que tratará de desentrañar los entresijos de un universo tan aparentemente incomprensible como perfecto.

A medida que avanza el relato, tanto la existencia de la little people como la realidad en la que Tengo y Aomame viven se empiezan a cuestionar. ¿Por qué hay dos lunas suspendidas en el cielo? ¿Qué ley mueve a los personajes a encontrarse irremediablemente y a moverse en un círculo concéntrico de acontecimientos de los que parece imposible huir? ¿Cuáles son las razones que les han impulsado a ellos, y no a otros, a traspasar el fino límite entre el mundo real y la realidad alternativa? ¿Es ésta última la verdadera realidad?

Con estas reminiscencias distópicas –hasta el propio título es una alteración del ambiente, marcada por la Q que lo cuestiona todo-, Murakami envuelve, engancha y guía al lector en un paseo por la cotidianidad enrarecida. La identificación con los sentimientos humanos más básicos –amor, deseo, frustración, curiosidad, rabia- es, como en muchas de sus obras, la atracción principal de la historia y, al mismo tiempo, el fin último de ésta. Porque los relatos del japonés siempre se dirigen, en última instancia, al mismo punto: a hacer comprensible, con el arma de la simplicidad, un mundo quizá demasiado complejo.

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