Miguel Barrero: “El fracaso y el desencanto son necesarios para seguir adelante”

PAMPLONA. “Una familia maldita”. La frase, mil veces repetida, ha perseguido durante años a los Panero. En 1976, catorce años después de la muerte del cabeza de familia, el poeta falangista Leopoldo Panero, se rodó la película El desencanto en la que la familia del escritor hablaba (fundamentalmente mal) sobre su padre. En aquella especie de venganza post mortem participaron su esposa, Felicidad Blanc, y sus tres hijos, Leopoldo María, Juan Luis y Michi, el menor de la saga, crítico de televisión y columnista de Diario 16. Mañana viernes día 16 se cumplen ocho años de su muerte en su ciudad natal, Astorga, a los 53 años de edad. Michi dejó frases provocadoras (“en esta vida se puede ser de todo menos un coñazo”, “soy posmoderno, desordenado y descuidado con todo lo que me rodea, excepto con mi perro”), y algunos pocos cuentos que no le libraron de su condición de escritor sin obra.

El escritor y periodista Miguel Barrero

Miguel Barrero (1980), ovetense de nacimiento pero gijonés de sentimiento, escribe sobre cultura en La Voz de Asturias y es también escritor. Su próxima novela, La existencia de Dios, se publicará a finales de este mismo mes. Con su anterior su novela, Los últimos días de Michi Panero (DVD Ediciones), obtuvo el premio Juan Pablo Forner 2008. En ella, un escritor en decadencia se traslada a la ciudad de la familia Panero: Astorga. Precisamente la historia de esa familia sirve al protagonista para reflexionar sobre la evolución de España en la Transición, la derrota y el desencanto. Nadie mejor que el autor del libro (y codirector del documental La estancia vacía, sobre la figura de Michi) para recordar al menor de los Panero ocho años después de su muerte.

Los últimos días de Michi Panero. ¿Por qué él y no Leopoldo María o Juan Luis? ¿A qué se debe la fascinación por el escritor sin obra de la familia?
Michi siempre me ha parecido el más literario de los tres hermanos precisamente por su condición de Bartleby, por su rechazo explícito del mundo literario pese a ser un escritor muy estimable (algún cuento suyo nos ha llegado) y pese a que el apellido Panero le hubiese abierto muchas puertas que casi siempre suelen encontrarse cerradas. Sin embargo, lo que me llevó a fijarme en él y a usarlo como eje de esta novela fue el paralelismo que podía establecerse entre su trayectoria vital y la trayectoria política o ideológica de su misma generación, que partió de la euforia producida por la muerte de Franco y el posterior proceso de Transición y acabó sumida en el desencanto cuando vio cómo sus ideales eran expoliados por quienes más debían haberlos defendido.

¿Qué hay detrás de la familia Panero para seguir despertando interés en las generaciones actuales cuando aparentemente es una familia ligada a una época ya pasada?
Los grandes temas no tienen fecha de caducidad, y la intrahistoria de la familia Panero resulta tan apasionante que dudo que nadie pueda acercarse a ella sin acabar sintiéndose atraído por todo lo que encierra, empezando por el asesinato del padre que los tres hermanos llevan a cabo en la película El desencanto (Jaime Chávarri, 1976) y concluyendo con esa búsqueda de la soledad que llevó a un Michi moribundo a buscar refugio en las calles de Astorga, pasando por el desmoronamiento de la propia estirpe o la pretendida envidia entre Juan Luis y Leopoldo María, nunca aclarada del todo. El hecho de que ellos mismos pusiesen sobre el tapete todos esos aspectos en las dos películas que protagonizaron (El desencanto y Después de tantos años) fue lo que acabó por darles ese carácter casi mítico que hoy se les reconoce, probablemente por el modo en el que se erigieron en símbolos de una serie de conflictos o traumas que este país tenía pendientes.

Michi Panero, en una escena del documental “El desencanto”

En los agradecimientos alude al cantante Nacho Vegas porque después de una conversación con él surgió la idea de la novela.
Fue en la primavera de 2005, en una cafetería de Gijón. Nacho acababa de sacar Desaparezca aquí y, mientras charlábamos sobre el disco, le pregunté de dónde había sacado el título de la canción El hombre que casi conoció a Michi Panero. Yo había visto El desencanto un par de años antes y había quedado bastante impresionado, y empezamos a hablar sobre el filme de Chávarri y la vigencia que conservaba cuando habían pasado casi treinta años desde su estreno. En un momento dado, él me comentó que había estado de paso por Astorga unos años antes y había conocido a un chaval que era amigo de Michi Panero, que ya vivía allí y al que Nacho intentó conocer en ese viaje sin éxito. La casualidad quiso que yo también conociese a aquella persona, y todo eso me dio pie a hacer un primer viaje a Astorga y a encontrar, sin pretenderlo, ese paralelismo entre la biografía de Michi y la de su generación.

Ricardo Estrada, el protagonista de la novela, bien podría describirse como El hombre que casi conoció a Michi Panero
No era mi intención (de hecho, en la novela Michi y él sí llegan a conocerse, aunque fugazmente), pero puede que haya algo de eso si se tiene en cuenta lo que acabo de contar. En realidad, el desencuentro entre Estrada y Panero tiene más que ver con la intención de construir una alegoría más de ese sentimiento de tristeza o melancolía o derrota (por no utilizar otra vez la palabra desencanto) que sobrevuela todo el libro. De hecho, cuando Estrada viaja a Astorga y descubre que Michi Panero está pasando allí sus últimos días, ni siquiera hace esfuerzos por conocerle, se limita a dejar que las cosas ocurran porque sabe por su experiencia que, en el fondo, apenas queda posibilidad de intervención.

Tanto el protagonista de la novela como Michi Panero tienen, con o sin intención, el fracaso y el desencanto por bandera. ¿Son ambas situaciones irrenunciables para el ser humano?
Sería deseable que no lo fuesen, aunque muchas veces resulten necesarias para seguir adelante. Lamentablemente, no creo que nadie pueda eludir en ningún momento de su vida ninguna de esas dos situaciones. Quizás tengamos la mala costumbre de ponernos expectativas demasiado altas, o quizás el mundo sea un lugar más injusto de lo que nos merecemos.

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