La huella celeste de San Lorenzo

Era el día de San Lorenzo, como lo había sido un año antes y otro antes del anterior. En realidad, siempre era San Lorenzo en aquel pueblo. Las Perseidas iluminarían esa noche el cielo, dibujando brillantes estelas. Las lágrimas, le decían, las lágrimas de San Lorenzo. Había varios grupos en el pueblo que se juntaban para verlas, cada 11 de agosto en el alto de San Pedro.


Desde allí podía observarse el valle entero. Era el lugar idóneo. Mar y tierra se juntan en una sola mirada. La llegada de la medianoche era el aviso de que la hora era ya propicia para presenciar el espectáculo. Desde el alto de San Pedro la esfera celeste se cerraba por todos los lados y las lágrimas, fugaces meteoros que se desvanecían salpicando el cielo de su poso dorado, dejaban el recuerdo también en la memoria. Aunque hacía años que no iba por allí, intuía que los recuerdos seguirían flotando en esa colina.

Se despertó cerca de las diez, como cualquier otro día de aquel verano. No tenía prisa, aunque tampoco debía demorarse.  El trabajo le exigía estar a la hora, por lo que procuraba estar  puntual, aunque tampoco mucho. Detestaba a los tipos puntuales. Las doce y treinta y tres es una buena hora para llegar a las doce y media, pensaba. No había motivo para llegar a y veinticinco. La vida es demasiado corta como para llegar cinco minutos antes al trabajo. Siempre puedes, no sé, quedarte  media hora más en la cama. Sin razón aparente. No  tienes un propósito. Durante  ese tiempo notas  cómo crece la verdísima hierba a tu alrededor. La vida sigue y tú la observas. Vale la pena detenerse durante, al menos, cinco minutos.

Pensaba todo eso entretanto lo hacía, desperezándose a la vez. Trabajar en esto está bien, advertía. “Al menos me mantiene la cabeza ocupada”.  Se dio cuenta al mirar el reloj. San Lorenzo, doce de octubre de 2015.

Llegado a la redacción, la rutina era similar cada día. Suponía una liturgia cíclica. Unas cuantas llamadas, dos o tres notas, un esquema, contrastar… Y tenías un reportaje más o menos decente. A eso de las cinco, recibió el mensaje de Candela. “A las nueve, no te olvides, que te conozco. Lleva abrigo hoy. Hará viento”. Le gustaba esa chica. Era graciosa y divertida. De esas cuyo tono resulta por sí solo agradable, con una conversación inteligente, un cierto estilo hasta para fumar y gusto por la bebida. Le gustaba leer, además. Aunque no lo consideraba imprescindible, sumaba puntos.

Como todas las cosas malas, y por ello buenas, se conocieron años antes en una noche de San Xoan. San Xoan, como otras juergas, implica cosas que aparecen en otras juergas, solo que las reúne todas en una: el calor de la fogata y del licor café, el sabor de las sardinas y el pan de millo, la temprana llegada a casa a eso de las diez de la mañana (más vale pronto que tarde), el proceso de arrojar toda tu ropa a la lavadora cuando no a la basura… San Xoan, en Galicia, no es la fiesta: es el juegos reunidos Geyper de las fiestas.

Desde entonces, nada volvió a suceder: ambos se fueron a la universidad. Ciudades distintas y vidas distintas les separaron. Aquella historia quedo allí, como uno de esos libros que empiezas pero a las treinta páginas depositas nuevamente en la estantería. No estás preparado.  Quizás no era el momento y el lugar idóneo. Pero el libro sigue en la estantería, esperando a  que lo cojas. Aunque quién sabe, siempre puede aparecer tu madre y venderlo en algún mercadillo. El caso es que todo siguió ahí, pasaron los años y en el reencuentro todo seguía intacto. Pasaron los meses y las cosas que debían pasar; es posible ahorrarse algunos detalles sin dejar de asegurar que finalmente estaban juntos.

Aquella tarde salió antes del trabajo. Hacía una temperatura espléndida. Suave brisa,  algo de calor, pero no demasiado, el sol poniéndose al fondo de la ría y el olor a algas y pulpo en la puerta de casa, saliendo de la taberna de al lado.

Apareció a la hora acordada, dos minutos antes, para ser precisos. Armada de linterna y termo de café, le esperaba enfundada en la cazadora en la puerta de su casa.

-Pensé que tardarías neniño. ¿A dónde iremos esta vez?

-Bueno, creo que iremos al alto de San Pedro. Hace tiempo que no voy por allí y desde ese lugar se ven bien. Además tu nunca has estado allá arriba, ¿no?

-Qué va, iba de pequeña con mis padres de acampada, pero a saber cómo estará eso ahora. Casi ni me acuerdo de cómo era aquello.

Tardaron cerca de media hora en llegar. Circulando por estrechas carreteras, ascendieron la montaña. Había que sortear algunos tramos angostos, con el suelo sin asfaltar.  Algo muy típico de aquellas zonas rurales.

-Pillamos este atajo mejor, que sino no llegamos ni mañana.

-Mira que no nos perdamos.  Iba a ser buena, entonces.

-Tranqui, mujer, además no es al sitio donde suelen ir todos. Aquí estaremos tranquilos, nadie podrá molestarnos. Además, vas a flipar que se ven de lujo desde esa parte del alto.

Entre caminos de silvas, tojos y eucaliptos se adentraron con el cuatro por cuatro en la colina hasta llegar a su destino: se trataba de una especie de mirador, un pequeño acantilado abierto al mar, colgado de un lateral del promontorio. Aunque habían pasado muchos años, el lugar había conservado su encanto  encerrado en  la hornacina de su propia naturaleza. A su alrededor solamente se escuchaba el silencio, algún que otro grillo y los pasos de ambos  sobre la roca. Deambularon un rato, hasta encontrar un sitio en el que sentarse. Estaba todo igual que en aquel entonces, y sabía a qué “entonces” se refería. No se lo dijo a ella, pero volver allí era como enfrentarse con el pasado.  Ya creía estar preparado.

La primera de las lágrimas la vio ella.  Una lengua dorada cruzó de lado a lado el cielo, y ambos la vieron porque estaban atentos. Se afanaban en detectarlas el uno antes que el otro, recolectándolas con la mirada igual que el pescador tensa sus reflejos para capturar una nueva pieza.

-¿Viste esa? Ostras, tía: ¡era enooorme!

-No veas, con las lágrimas, macho.

-Oye, tengo unas botellas de vino en el coche, casualmente se quedaron ahí el otro día.

-Casualmente-apuntó ella, arqueando las cejas.

-Bueno, tampoco tan casualmente, supongo. ¿Quieres o no?

-Venga trae, si total, un día más…

– Di que sí, que es verano.

Entre trago y trago, pasó la siguiente media hora, y llegado un punto ambos permanecieron en silencio. No era de esos silencios incómodos. Observaban el cielo sin más, mirándolo sin mirar. Uno de esos silencios necesarios.

-Candela, ¿crees que las cosas desaparecen para siempre de nuestras vidas?

-¿ A qué te refieres? –observó ella.

-A que si desaparecen así sin más, sin legarnos una huella,(porque, al final, yo creo que cada uno tiene su forma de ser y aunque cambies siempre eres de la misma manera), o en cambio cada cosa te va haciendo quien eres en cada momento.

-Yo estoy más por lo segundo.

-¿Qué dejan huella?

-Desde luego. Cada vez que miras al sol directamente duele,  a tus ojos les cuesta. Pero la siguiente vez les cuesta menos. La vida te va cincelando por todas partes, cuando no golpeando con fuerza.

– O sea, que tú no eres la misma que hace un año, por ejemplo, cuando empezamos a salir.

-Desde luego, en la medida en que tú forma de ser me ha cambiado, me ha hecho diferente. Sigo teniendo mis cosiñas, claro. Pero, mi rey, obviamente que vamos cambiando con el tiempo. Si no, no avanzaríamos. Nos estancaríamos y tendrías quince años toda tu vida. Quince o cuarenta y cuatro, los que quieras, vamos. Pero que las cosas cambian, eso seguro.

-Fíjate en este lugar –señaló él-. Está exactamente igual que la última vez que vine. Hace ya cuatro años. Las rocas son las mismas, la vegetación, en ese árbol sigue la misma inscripción. ¿Cómo es que todo sigue igual aquí, y nunca parece que nunca hubiera pasado el tiempo?

-La próxima vez que vengas, ya no recordarás la ocasión que hoy recuerdas, sino la de hoy. Sí, en ese aspecto seguirá siendo igual, pero no de la misma manera. No al menos igual que hace cuatro años.  Para empezar, hace cuatro años no habías tenido esta conversación ni habías venido conmigo eeeh. Y sabes que ahí está la clave, chaval –sonrió ella, al tiempo que le guiñaba un ojo. Ambos rieron.

Cerca de las cinco de la mañana decidieron volver a casa. Mientras conducía de regreso, pensó en aquella conversación, y en si su impresión de aquel lugar ya estaba cambiando. La miró a ella, que dormía al lado con la boca abierta, como solía hacer. Se sonrió para sí. En el fondo, sabía que, como  las lágrimas, todo cuanto pasa en la vida deja una estela. Infringe una cicatriz. Como el agua que erosiona el río por el que transita. La vida es la marca que deja el viajero en el camino por el que pasa. La lágrima que deja su huella en el cielo. Consiste en una marca imborrable. La realidad de un viejo tatuaje de tinta ya gastada.

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