Kafka, el escritor que miró la muerte a los ojos

FRANZ KAFKA CON OTTLA, SU HERMANA FAVORITA, CA. 1914

Hay quien dice que no hay nada más vital que mirar a la muerte a los ojos.
Pero nadie puede haberlo conseguido. La sensación será algo así como un vértigo extremo, mirar al vacío de un precipicio infinito en donde se halla el límite de la vida humana, asomarse a nuestro propio final. Algo imposible para el hombre, por otro lado, dado que conseguirlo conllevaría haber caído en él.

Piénselo un momento: ¿qué pasa por nuestra cabeza cuando un periodista filma la agonía de una persona(con o sin correspondiente final)?  De hacerlo, el corresponsal habrá conseguido un excelente cierre de noticia para algunos de los informativos televisivos de hoy. Esto hace pensar en cómo Franz Kafka trata estos momentos. Sin duda, el lector presencia la escena más vivamente que en cualquier televisor de alta definición. Vemos cómo tanto Gregor Samsa (en La metamorfosis) como el ayunador profesional (en Un artista del hambre) mueren lentamente; quizás desde la primera línea de cada relato.

El autor no nos narra la infancia de los protagonistas. No nos relata ni un solo día antes de que Gregor Samsa sea un insecto: «Cuando Gregor Samsa despertó una mañana de un sueño inquieto, se encontró en la cama convertido en un monstruoso insecto». Ni tampoco un día antes de que el ayunador decida ser ayunador: «…todos querían ver al ayunador al menos una vez al día…». Desde luego, no es casualidad. La intención de Franz Kafka con ello es fotografiar lo más cerca posible la agonía de sus muertes. La primera línea de cada cuento hace arrancar la historia desde el momento en el que los personajes centrales comienzan a morir.

¿Creemos, sin embargo, que Kafka hace lo mismo que el corresponsal, en diferentes ámbitos? En una página de su diario, Kafka hace alguna observación sobre la muerte. En 1914, dos años después de escribir La metamorfosiscita que en su lecho de muerte estaría más contento y que lo mejor que ha escrito se basa en esa aptitud para morir contento. Esta actitud tan provocativa hacia el abismo más grande del ser humano, la muerte, revela que el escritor ha establecido con ella una relación de supremacía. Dominar las palabras al escribir sobre ella advierte un dominio sobre la muerte, y al fin y al cabo, un dominio sobre sí mismo. Deja así de ser un juego lingüístico, un simple símbolo, y pasa a ser un enfrentamiento real entre el autor y la muerte, a través de su obra.

Esta actitud tan provocativa hacia el abismo más grande del ser humano, la muerte, revela que el escritor ha establecido con ella una relación de supremacía. Dominar las palabras al escribir sobre ella advierte un dominio sobre la muerte, y al fin y al cabo, un dominio sobre sí mismo

La obra de Kafka se ha definido en ocasiones como una “tanatología”. Y es verdad que en muchos de sus relatos la muerte es protagonista o al menos, el final irremediable al que caen los personajes. Su acercamiento al problema de la muerte siempre se realiza de manera simbólica. Aunque siempre se produce con una banalidad inmensa, tanto en La Metamorfosis como en Un artista del hambreFranz Kafka la escribe y la describe como un paso a la liberación de los personajes en su lucha contra el mundo absurdo. Los personajes, en el momento de la muerte, cumplen todos sus actos. Kafka no recurrirá a ella como final inesperado para el lector, regalándole una novela con un final fácil, un best seller que decorará millones de estanterías pero nada más. En este caso, no es un medio para llegar al lector, sino que la muerte llega sola a la vida de los personajes, porque así lo requieren. Es posible que los personajes la requieran porque sólo de esta manera son capaces de encontrar el sentido de su vida. Paradójicamente, cuando el ser humano se regala a sí mismo un tiempo de reflexión sobre su propia muerte, realmente reflexiona sobre su vida.

Franz Kafka muere en el año 1924. Su estado de salud había empeorado gravemente en sus últimos años, con el avance de su enfermedad, la tuberculosis. No podemos hacer una interpretación médica de estas dos novelas. Demasiado simplificadora. Pero es lógico pensar que puede ser uno de los motivos por los que el autor ofrece tal importancia a la muerte en sus obras. La muerte avisó pronto de su llegada. Pero en este caso fue aceptada de manera radical. Es posible que la sensación de tenerla tan cerca acentuase la inclinación de este literato a escribir sobre ella de manera tan explícita. Y es posible también que esto le ayudara a asimilarla positivamente.

Franz Kafka escribe en su diario que a la muerte la acogerá contento. Pero no debemos sacar conclusiones precipitadas. Quizá haya sido consciente de que ese pensamiento no es bueno del todo. Si así fuera, no nos trasmitiría muertes injustas en sus obras, como la de Gregor Samsa y el ayunador. Entonces, ¿qué significa esta paradoja en sus obras? Sabe que morir contento no es una actitud buena, ya que lo que desvela es el rechazo al regalo de la vida, a aquello que hay que desear y amar más que nada. Esto significa que la relación con el mundo está dañada, incluso rota. Se rompe cuando el personaje, como el mismo Kafka, no rechaza la muerte y piensa en ella como salida, no como final. Los personajes mueren en ese momento, al principio de cada novela, y se hace física más tarde, cuando muere su cuerpo.

La muerte en La metamorfosis
En la novela La metamorfosis, Franz Kafka nos narra la vida de Gregor Samsa, un comerciante de telas que vive con su familia a la que él mantiene con su sueldo. Un buen día, y es aquí donde comienza la novela, amanece convertido en un escarabajo. Incapaz de controlar su cuerpo y de hablar normalmente intentará vivir como uno más de la familia.

Tras esa lucha presente en todas las páginas del relato contra el mundo absurdo en el que vive, al final consigue trágicamente salir de él. Así nos narra su muerte Franz Kafka.

« ¿Y ahora?» −se preguntó Gregor y miró a su alrededor en medio de la oscuridad. Al poco tiempo hizo el descubrimiento de que no se podía mover. No se sorprendió, más bien le resultó algo antinatural que se hubiera podido mover hasta el momento con aquellas patitas tan delgadas. Por lo demás, se sentía relativamente cómodo. Notaba, es cierto, dolores por todo el cuerpo, pero le parecía como si fueran cada vez más débiles y como si, finalmente, fueran a desaparecer. Apenas sentía ya la manzana podrida en su espalda y el entorno infectado, cubierto completamente de una tenue capa de polvo. Pensaba en su familia con amor y emoción. Su opinión era quizás en él más decidida que en su hermana. Permaneció en ese estado pensativo, vacío y pacífico, hasta que el reloj de la torre dio las tres de la madrugada. Aún pudo ver el clarear del amanecer por la ventana. Luego, su cabeza se hundió involuntariamente, y de las ventanas de la nariz de escapó, débil, su último suspiro.

            A la mañana siguiente, cuando llegó la criada –dando portazos por la prisa, por más que se le hubiera pedido que no lo hiciera, por lo que desde su llegada ya no era posible dormir tranquilo−, no encontró nada especial en su breve visita de costumbre a Gregor. Pensó que yacía intencionadamente inmóvil para hacerse el ofendido; ella le atribuía toda capacidad de comprensión. Como tenía casualmente la escoba larga en la mano, intento hacer cosquillas a Gregor desde la puerta. Pro no tuvo éxito, así que se enojó y le empujó un poco. Cuando lo desplazó de su sitio sin resistencia, prestó atención. Entonces comprendió el estado de las cosas, abrió desmesuradamente los ojos, emitió un silbido y no se quedó por más tiempo, sino que abrió bruscamente la puerta del dormitorio y grito en la oscuridad:

            − ¡Miren, ha estirado la pata! ¡Allí está, ha estirado la pata!

            El matrimonio Samsa estaba sentado en la cama, intentando recuperarse del susto que les había provocado la criada, antes de comprender su anuncio. A continuación salieron rápidamente de la cama, cada uno por su lado; el señor Samsa se echó la manta sobre los hombros, la señora Samsa siguió en camisón; así entraron en la habitación de Gregor. Mientras tanto también se había abierto la puerta del salón, en el que Grete había dormido desde la llegada de los inquilinos. Estaba completamente vestida, como si no hubiera dormido nada, su rostro pálido parecía confirmarlo.

            − ¿Muerto? –dijo la señora Samsa dirigiendo una mirada interrogativa a la criada, a pesar de que ella misma lo había examinado y, aun sin examen, resultaba evidente.

            −Eso es lo que quiero decir –dijo la criada, que, para demostrarlo, empujó con la escoba el cuerpo de Gregor una buena distancia. La señora Samsa hizo un movimiento, como si quisiera detener la escoba, pero se contuvo.

            −Bien –dijo el señor Samsa−, ya se lo podemos agradecer a Dios. –Se persignó y las tres mujeres siguieron el ejemplo. Grete, que no desviaba la mirada del cadáver, dijo:

            −Mirad lo delgado que estaba. Hacía tiempo que no comía nada. Tal y como entraban los alimentos, así salían.

Como señala José Rafael Hernández Arias, en Cuentos completos, cuando Gregor Samsa muere, en realidad sufre la última metamorfosis que trae la anhelada tranquilidad a la familia y una humanización de su recuerdo. Gregor, con su muerte, recobra su humanidad y su lugar en la familia. Como dije anteriormente, parece que los personajes de estos dos relatos cumplen sus actos en la muerte, como final inexorable. Pero no pensemos que Gregor Samsa muere en estas líneas.

Coja un folio. Dóblelo. Y vuelva a doblarlo. Otra vez. Y no pare hasta que sea microscópico. Así de poco importante será con respecto al todo el momento de su muerte con respecto a la novela. Sólo es una muerte física, Gregor lleva muerto desde la primera página, desde que se levanta aquella mañana.

La metamorfosis tiene un fuerte carácter de pesadilla. El protagonista vive como en un sueño angustioso y tenaz; y en toda la obra se lee entrelíneas una dificultosa capacidad para respirar. Gregor es incapaz de expresarse y de actuar como él quisiera, por los evidentes motivos físicos que se lo impiden. Pero, llegado el momento de la muerte, toda esa dificultad desaparece. Franz Kafka, con esa superioridad hacia la muerte de la que ya se ha hablado, consigue describir un momento conmovedor sin perder el respeto hacia la víctima.

Un artista del hambre
Esta historia detalla la decadencia de un artista profesional de un circo, cuya actuación consiste en ayunar metido en una jaula. Es ignorado sistemáticamente por el público pero él insiste en que debe seguir haciéndolo, pues es lo que ha hecho toda su vida y lo que se le da bien. Lógicamente, debido a una total desnutrición, su trabajo le lleva a la muerte.

« −Porque –dijo el ayunador, levantó un poco la cabeza y habló con los labios ligeramente fruncidos, como para dar un beso, junto al oído del guarda, para que no se escapase nada−, porque no he podido encontrar una comida que me guste. Si la hubiera encontrado, créeme, no habría tenido el más mínimo miramiento y me habría puesto morado como tú y todos.

            Esas fueron sus últimas palabras, pero en sus ojos rotos aún se podía vislumbrar el convencimiento fuerte y orgulloso de seguir ayunando.

− ¡Ahora ordenad todo esto! –dijo el guarda, y enterraron al ayunador con la paja. En la jaula metieron a una joven pantera. Era todo un descanso, hasta para los sentidos más embotados, ver cómo ese animal salvaje se revolvía en esa jaula tan triste. No le faltaba de nada. El alimento, que le gustaba, se lo traían los vigilantes sin pensar mucho; ni siquiera parecía echar de menos la libertad; ese cuerpo noble, dotado de todo lo necesario para desgarrar, parecía portar la libertad en su interior, parecía ocultarse en algún lugar de su dentadura; y la alegría de vivir salía de su garganta con tal ardor que los visitantes apenas podían soportarlo. Pero lo superaban, rodeaban la jaula, y no querían moverse de allí.»

Como en La metamorfosis, el momento de la muerte del protagonista es revelador en todos los aspectos y se describe todo sentido del relato que ha acontecido hasta ese instante. Además, utiliza también un animal como símbolo para comparar la vida del protagonista. En este caso, la excusa es una pantera, y con su descripción nos representa lo que ha sido la vida del ayunador. Ha perdido el control sobre sí mismo. No intenta complacer a nadie, de hecho sus actuaciones no pueden ser comprendidas ni apreciadas. Es, y no es, un artista. Ya que, aunque quiere que sus actuaciones sean admiradas, insiste en que no lo sean, ya que no tienen nada que ver con el arte (sino con lo que él estaba obligado a hacer, ayunar). Sus actuaciones no son espectáculos para la diversión de los demás, sino la evolución de una inquietud que él ha permitido que otros contemplen.

En este caso ocurre lo mismo que con Gregor Samsa. Pensar que el ayunador muere antes de decir sus últimas palabras sería un error. Comienza a morir desde que la decisión de ser ayunador es tomada. Como el propio Franz Kafka, adquiere una actitud de morir contento. Es también otra demostración  de que esa actitud no le parece buena y por ello pretende mostrarnos la injusticia de esta muerte, la relación con el mundo exterior que ya estaba rota desde que decidió encerrarse en una jaula.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *