Gasol: la novela humana

Hace diez años, o hace veinte, no sospechabas encontrarte gritando, cual energúmeno, ante un televisor mientras te devorabas  las uñas. Lille fue nuestro Trafalgar


Una incógnita pendía como una losa al principio de la temporada pasada en la ciudad de Chicago. Pau Gasol firmaba allí un nuevo contrato millonario, quizá el último de su carrera, y se postulaba como una seria aunque dudosa apuesta para el juego interior de los Bulls. Incógnita, pues Pau venía de brillar por su ausencia durante las dos campañas anteriores en Los Ángeles Lakers. Las lesiones y las desavenencias con el entrenador marcaron sus últimos dos años junto a su amigo Kobe Bryant, con el que hizo historia al ser el primer español en ganar no ya uno, sino dos anillos de la NBA. Por eso, el fichaje de los Bulls el verano pasado fue observado con gran escepticismo por todos. No por el propio Pau, cuya mente, conservada en formol, reactivó a base de f5 ciertos mecanismos que parecían olvidados. Pronto estuvimos ante el nuevo Gasol, que era en realidad el viejo, el de toda la vida, el del Barça de la Euroliga, el de la barba apostólica y frondosa. En Los Bulls ha vuelto a ser el que era (nunca se había marchado) llegando a las semifinales de Conferencia, siendo únicamente derrocado por Lebron James, probablemente el mejor jugador de baloncesto hoy en día. Era él de nuevo: el de siempre, un Bogart sin esmoquin ni Casablanca. Tras lo de ayer, pase lo que pase en la final, siempre nos quedará Pekín.

Fuente: La Vanguardia

Cuando eras niño, solo soñabas con ver de vez en cuando uno de los nuestros allá, al otro lado del charco. Los enviábamos como submarinos infiltrados tras las líneas enemigas. Anhelabas  verlos codeándose con “ellos”, con su exótica extravagancia y ese aura que poseen los jugadores estadounidenses. Eras un niño. En el fondo, te ilusionaban esas noches: te acostabas pronto y madrugabas, aunque no demasiado, para encender el televisor y sintonizar el All Star o las finales, como si de un canal pirata se tratase. A esas horas… Solo eras un niño. Querías tu colacao, tus galletas: la fórmula más sencilla de felicidad. Estaba Gasol, estaba Raúl López, Jorge Garbajosa… Era bonito soñarlo. Pronto advertimos que la vida no era sueño, al menos no del todo. Las noticias de Gasol empezaron a llegarnos no ya en las novelas de ficción, sino en las páginas de los periódicos. Entonces sí que soñábamos despiertos. Gasol apuntaba maneras desde que entró en  la mejor liga de baloncesto del mundo.  Transido de emoción, te decías: ya puestos, plantémonos en el All Star. Con un par. Era bonito  soñarlo. Y mejor verlo. Así, Gasol fue destruyendo todos los límites posibles, que eran los nuestros, hasta demostrar que en realidad nunca habían existido. Los fue derribando uno tras otro, pulverizándolos fácilmente, tumbándolos como un castillo de naipes. Como los mejores novelistas, Gasol se aproximó a sus ídolos, para después matarlos con sigilo, apropiándose de sus principales virtudes. Se introdujo en las entrañas de la NBA, impuso su propia marca, y rebatió año tras año a todos sus críticos. Pau es nuestra novela viva, que se escribe año tras año, y que todavía hoy parece no tener fin. Ríete tú de los rusos.

A Pau te lo crees porque es un personaje de novela,
más real que la realidad misma.

No sospechabas, hace diez años encontrarte ayer gritando, cual energúmeno, ante un televisor mientras te devorabas  las uñas, todo ello producto de la tensión de un final tan apretado y excitante como el que se vivió en Lille, desde hoy nuestro Trafalgar, nuestro Bailén. Durante el partido no vimos a Pau Gasol: el del Sant Boi era ya Hernán Cortés, Blas de Lezo o Pizarrro el conquistador. Extendía sus brazos en cada mate, en cada gancho excelso como la capa del general sobre el caballo, oteando la colina en busca de nuevas presas, ahora Francia, que se presentaba gallito, con coleta y todo, antes del encuentro. Jugaban en casa. Arropados por su público, pretendían ensañarse con una España malograda, débil en el rebote y que había transmitido muchas dudas y sufrido más de la cuenta durante la fase de grupos; también ante Grecia  en el partido anterior. Demasiada adrenalina acumulada en la misma semana. Pero Francia se quedó en bluff, que no bleu.  Una derrota como esa supone un Maracanazo a la tortilla española (por aquello de “más huevos que la tortilla francesa”) de proporciones bíblicas. Y es Pau Gasol el artífice, el hacedor principal de una de las mayores exhibiciones en un campeonato europeo de selecciones, que lo sitúa en un Olimpo ignoto, acaso solo a la altura de sí mismo, de su leyenda y de E.T., el apodo que en cierta ocasión le endosó Andrés Montes,  el mejor de los comentaristas que haya tenido el  baloncesto en nuestro país.

Fuente: Usa Today

A Pau te lo crees porque es un personaje de novela, más real que la realidad misma. Es nuestro Macondo al que siempre retornamos: algunos permanecen en él para siempre, observando atentamente sus hazañas cada semana en Estados Unidos, donde emula a Hemingway y a Chandler, aunque sin esmoquin ni escopeta de caza. Otros retornan a él cada año para ser testigos de sus proezas en los campeonatos de clubes. Pau Gasol siempre estuvo ahí como el dinosaurio de Monterroso. Lo demostró mate tras mate, en una velada que nos unió en un clamor al unísono. Qué gran noche, que nunca se acabe.

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