Gala, la inspiración y amor surrealista de Dalí

Elena Ivanovna Diakonova, conocida como Gala, influyó en la obra de Salvador Dalí al igual que, años atrás, Leonor Izquierdo inspiró los versos de Antonio Machado, Simonetta Vespucci quedó plasmada en los lienzos de Botticelli o Lou Andreas Salomé abrazó las ideas de Nietzsche. Todas ellas configuran un universo paralelo al arte, un universo sin el cual muchas obras de reconocido prestigio no colgarían de las paredes de los museos ni vestirían las estanterías de las librerías. Anónima, silenciosa, oculta bajo capas de pintura y a la vista de todos, así ha sido la mujer durante cientos de años en la esfera del arte. Quizá los artistas hubiesen podido vivir sin respirar, pero no sin sus musas. Dalí no constituye una excepción, pues decidió que su pincel dibujase a merced de sus sentimientos por Gala, la musa del surrealismo.

El surgir de Gala
El año 1894 y la ciudad rusa de Kazán fueron testigos del nacimiento de una niña que, al convertirse en mujer, suscitaría tanto el deseo como el odio de intelectuales, pintores, escritores y, en definitiva, de los más importantes artistas del siglo XX.

Elena Ivanovna Diakonova, también llamada Gala, fue siempre una mujer frágil e inestable, tanto física como psicológicamente. Duchas diarias de agua congelada, fuertes episodios de furia que le hacían esputar saliva a la cara a todo aquel que se cruzase con ella y mentiras sobre su pasado, particularidades que fueron viéndose mermadas con el transcurso de los años. Asimismo, vivía ensimismada con el mundo paranormal y se autodenominaba supersticiosa, llegando a dirigir su vida y, posteriormente, la de Salvador Dalí según las predicciones que le proporcionaban los diferentes medios de adivinación.

Duchas diarias de agua congelada, fuertes episodios de furia que le hacían esputar saliva a la cara a todo aquel que se cruzase con ella y mentiras sobre su pasado, particularidades que fueron viéndose mermadas con el transcurso de los años.

Gala llegó al mundo en un país que poco podía satisfacer sus necesidades intelectuales. No obstante, el destino quiso que se cruzasen en su camino las hermanas Tsvétaeva, quienes provenían de una familia culta que mantenía una fuerte e inquebrantable relación con el mundo del arte. No tardó mucho tiempo en percibir la falta de capacidad artística que poseía, sin embargo, se le hacía necesario el arte para poder sobrevivir, por lo que decidió que, lejos de convertirse en una mente creativa, se dedicaría a encontrar a grandes talentos y convertirse en su musa.

La musa del surrealismo
Al alcanzar la mayoría de edad, Gala cayó enferma de tuberculosis, por lo que fue enviada a Clevedel, un famoso y prestigioso sanatorio suizo. Allí entabló algo más que una hermosa amistad con Eugène Grindel, al que el siglo XX conocería como Paul Éluard, en quien vio la promesa de un gran escritor. Suecia y las paredes de aquel sanatorio fueron testigos de su amor, el cual les llevó hasta París, donde se casaron y tuvieron una hija a la que llamaron Cécile y de la que poco supieron en los años posteriores, pues no dudaron en dejarla en los brazos de la madre de Éluard para vivir su vida de recién casados, una vida en la que poco encajaba una niña tan pequeña.

Fue su esposo, Paul Éluard, quien le introdujo en la recién nacida escena surrealista parisina, de la que formaban parte artistas como Max Ernst, Giorgio de Chirico, Louis Aragon o André Breton, el cual no veía con buenos ojos a Gala. Éluard indujo a su musa y señora a dejarse llevar por un amor libre. Libre en exceso para aquella época e, incluso, demasiado libre para nuestros días. A partir de entonces, Gala se convirtió en la musa de los surrealistas, de ella se decía que quien le envolviese entre sus brazos alumbraría una obra maestra. Si algo era bueno, probablemente lo era porque Gala se encontraba detrás de la creación.

Con el paso del tiempo, los sentimientos de Gala por el surrealista Max Ernst, amigo y compañero de su esposo, fueron haciéndose más y más fuertes. Un día, Ernst abandonó a su mujer e hijos y se trasladó al hogar de los Éluard. Allí, gracias a la inspiración que le suscitaba Gala, sufrió un arrebato creativo que le llevó a pintar, sobre las paredes de la casa, una de las mayores obras maestras de su carrera. El transcurrir de los años hizo que Paul Éluard se cansase de aquella vida, por lo que dejó a Gala bajo el cuidado de su gran amigo y se dispuso a viajar. No obstante, tiempo después, envió una carta a su esposa, la cual propició que ésta pusiese punto y final a su relación con Ernst para reencontrarse con su amado Éluard. Sin embargo, a la excéntrica y peculiar Gala apenas le faltaba tiempo para aburrirse de todo lo que le rodeaba, por lo que no tardó mucho en volver a distanciarse del escritor.

¿Qué hubiese sido de Dalí sin Gala?
Gala y Éluard, junto al pintor Magritte y su esposa, se dispusieron a visitar la costa catalana invitados por un extravagante artista español. Era el verano de 1929 y Cadaqués presenció el primer encuentro entre Gala y Dalí. Lo que para ella fue, en un principio, un hallazgo desagradable; debido a la irritante risa del pintor catalán, a su extraño comportamiento y a su más que peculiar forma de vestir; para él supuso el reencuentro con la que siempre supo que sería la musa y el amor de su vida. Se trataba de la mujer a la que había estado esperando desde su infancia cuando, todavía en la escuela, vio la fotografía de una pequeña niña rusa vestida con un grueso abrigo de piel sobre un trineo, en ese preciso instante supo que el amor de su vida procedería de tan gélido país. Además, la fisiología de aquella mujer, diez años mayor que él, correspondía perfectamente con las figuras que el pintor había trazado en sus cuadros y con las que tantas veces había soñado. Así, en aquel pequeño pueblo de la costa de Cataluña, comenzó un romance platónico que duraría más de cincuenta años. De este modo, Gala dejó París y a su esposo y se trasladó a Cadaqués para vivir junto a un joven Dalí, en quien había visto, a través de sus medios de adivinación, un gran potencial artístico. No obstante, y a pesar de la distancia, Éluard continuó escribiéndole cartas a Gala hasta la muerte del escritor.

Si Gala no había recibido cordialidad por parte de Breton en París, en España, y ya sumergida en el círculo de Dalí, también tuvo detractores. Por un lado estaba Buñuel, el cual no contaba con el afecto de Gala desde que el cineasta hiciese un comentario desacertado sobre sus muslos. La animadversión que sentía Gala hacia Buñuel hizo que la relación entre éste y Dalí se fuese enfriando con el paso de los años. Por otro lado se encontraba la hermana de Salvador Dalí, la joven había posado en repetidas ocasiones para el pintor y se sintió desplazada tras la llegada de la nueva musa. Tanto Buñuel como la hermana de Dalí aseguraban que Gala influía negativamente sobre el pintor, cosa que él rechazaba alegando que ella era la única capaz de proporcionarle el equilibro espiritual y creativo que tanto ansiaba.

De este modo, Gala dejó París y a su esposo y se trasladó a Cadaqués para vivir junto a un joven Dalí, en quien había visto, a través de sus medios de adivinación, un gran potencial artístico.

Gala era musa y promotora. Ella abrió las puertas de París a Dalí y convenció a Breton para que le dejase formar parte del grupo surrealista, del cual sería expulsado más tarde por la puerta pequeña. Asimismo, la peculiar pareja decidió escapar de la infausta situación que estaba viviendo Europa en los años cuarenta y se trasladaron a Nueva York, donde Gala trató de crear e incentivar la marca “Dalí”. Allí, el pintor dejó de lado el pincel para comenzar a crear diversos objetos de índole surrealista, objetos que Gala comercializó con éxito por distintos establecimientos neoyorquinos.

Dalí se despide de su musa
Dalí plasmó cada pequeño rincón del cuerpo de Gala en sus lienzos una y otra vez. De la tela brotaban sus brazos, piernas, manos y facciones perfectamente dibujadas o íntegramente indefinidas a merced del surrealismo. El tiempo hizo que el narcisismo de aquel hombre creciese, al mismo tiempo que lo hacía su utópico bigote. Su egocentrismo aumentaba alimentado por su esposa Gala, quien se encargaba de recordar al pintor la inexistencia de un artista semejase a él.

Medio siglo es mucho tiempo, por lo que un comienzo caracterizado por un amor idealizado desembocó en una relación deteriorada y agotada. Gala había sido la musa de los surrealistas y había cosechado éxitos desde que aquel joven Paul Éluard le enseñase a vivir de un modo peculiar, pero a vivir al fin y al cabo. Siempre se había considerado una mujer libre y continuaba siéndolo. La senectud de sus ochenta años no acabó con sus continuos escarceos, a los cuales Dalí hacía caso omiso, siempre y cuando ella continuase a su lado proporcionándole inspiración y dejándose retratar por él.

Cuando su esposa, compañera, amante, señora, cómplice y amiga se fue, la pintura de Dalí desapareció con ella. Ya nunca más evocaría aquella silueta que le había acompañado desde el verano de 1929 en Cadaqués, lugar en el que Gala decidió olvidar los versos de Éluard para envolverse en los cuadros de Dalí. Cincuenta años después, la musa murió y volvió a su Olimpo. A partir de entonces, la obra del artista se oscureció para siempre.

Fotografías extraídas de: eltrisom.com, www.juancarlosboverihistorias.com, cuentosdemisterio.blogspot.com.es, oh-insanity.tumblr.com, amour-et-memoire.blogspot.com.es, cartasenlanoche.blogspot.com.es.

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