Álvaro de la Rica: “Aquel que piensa que tras cada frase de un escritor hay una decisión racional y pensada no sabe lo que es literatura”

El escritor y profesor de la Universidad de Navarra ha publicado La tercera persona, su primera obra de ficción

Álvaro de la Rica es profesor de Literatura y Teoría Literaria en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra. A principios de julio ha visto la luz su primera obra de ficción, La tercera persona(Editorial Alfabia), y lo ha hecho en la librería “La buena vida” de su Madrid natal, con el beneplácito de Mercedes Monmany (ABC) y de Javier Gomá (El País). La tercera persona, además, ha sido elogiada por el escritor italiano Claudio Magris y por el prestigioso novelista catalán Enrique Vila-Matas.

De la Rica ha publicado también En lo más profundo del bosque. La juventud de Julien Green (1998), Estudios sobre Claudio Magris (2000), Homenaje a José Jiménez Lozano (2006) y Kafka y el holocausto (2009). Ha ejercido la crítica literaria en los diarios ABCEl MundoLa Razón y La Vanguardia, es colaborador de publicaciones como Revista de LibrosTuria, o Revista de Occidente y actualmente trabaja en un libro sobre la guerra civil y el exilio español de 1939.

La tercera persona cuenta la historia de amistad y amor de Jacob, un profesor de literatura, judío y neoyorquino criado en Europa y de Claire, una mujer separada que busca entre varios hombres su camino en la vida.

¿Qué es para Álvaro de la Rica La tercera persona?

Es en esencia una historia de amor. Pero no puede haber una historia así sin que la muerte aparezca en el horizonte, y por ello la decrepitud y la enfermedad están presentes en toda la novela cercando y amenazando a sus personajes. Creo que hay un mundo visible y otro invisible, y en este último juegan un papel crucial los muertos. Por eso aludo a lo invisible como un mundo al que accedemos mediante la muerte. Hay ciertos momentos en la novela, como cuando Jacob pasea por París, en los que se configura un ambiente fantasmagórico haciendo referencia precisamente a todo eso. Al principio Jacob escribe en su cuaderno que todas las civilizaciones han hecho referencia a la muerte; en eso estoy de acuerdo con él: aunque sólo sea por una cuestión cuantitativa, lo cierto es que estaremos mucho más tiempo muertos que vivos. Y algo de ese horizonte de amor y de muerte es lo que atraviesa La tercera persona.

Jacob, el protagonista…

Es un hombre y como todos los demás puede ser débil y hasta caprichoso, pero también es capaz de hacer el bien y de arrastrar el dolor de los demás y el sacrificio. La verdad es que no he tenido interés en reflejar a un superhombre, al que está por encima del bien y del mal o a aquel que nunca tiene problemas. La novela está escrita con un concepto realista de de la condición humana. La humanidad manifiesta a diario el error y hasta el horror, pero también la grandeza de la humildad y del perdón. Jacob quiere ser fiel al amor y no lo es, va madurando lentamente hasta que comprende que casi nunca pasa nada, que todos somos imperfectos y que la estabilidad matrimonial incluye la realidad de que no somos impecables.

Enseguida uno comprende que La tercera persona no está relatada de un modo convencional. En ella se entremezclan la reflexión, los sueños, las epístolas junto con la acción de propio relato. Para Álvaro de la Rica, la forma en que uno cuenta algo tiene mucho que decir.

La literatura tiene esa grandeza: romper el punto de vista, a diferencia de lo que sucede en otras formas de expresión intelectual. Ocurre como cuando estamos a punto de caer dormidos. No en vano Kafka y Proust han jugado mucho con esos momentos límite del sueño, la caída en el sueño y el despertar, instantes en los que el yo parece que se rompe o se diluye, pero en todo caso se abre. Y en otro sentido también me gusta la idea barroca de que el mundo es un teatro. Nos presentamos ante las diferentes personas de diferentes maneras. Con unas personas somos de una modo y con otras somos de otro, casi parece que se multiplicase nuestro yo. Y en la novela he querido jugar con esas perspectivas diferentes. Al final, una historia es lo que sucede, pero puede ser contemplada con otras visiones. En el fondo, mi pretensión es crear una novela cubista, romper las perspectivas y disponerlas sobre el plano de la escritura. Aunque me parece necesario que la historia sea reconocible porque me interesa el lector normal y no solo el lector acostumbrado a la experimentación literaria. Si haces algo muy rupturista, pierdes a muchos lectores.

Usted antes mencionó a Kafka y ya desde la primera página del libro hace una referencia a Los muertos, el relato del escritor irlandés James Joyce incluido en Dublineses. ¿Por qué?

Como le señalaba antes, he querido recuperar esa realidad invisible en la que los muertos juegan un gran papel. En un escritor uno debe encontrar lo que han escrito antes otros, las palabras de los otros que han hablado antes que él y también por eso ahí está Joyce. Y en cuanto a Kafka, mientras escribía mi ensayo Kafka y el holocausto, se acumularon gran cantidad de ideas hasta el punto de que llegué a entrar en un estado interior de mucha tensión: llegó un momento en que no podía respirar. En algunas ocasiones fue literalmente así. El epistolario de Kafka me estaba apelando a cosas muy personales y sabía que en un discurso académico toda aquella energía no podía salir. Necesité escribir una historia que me ayudase a sacar una parte de lo que se me estaba acumulando.

¿Como una purga?

Quizá como una purga, sí. O más bien como una compensación. Yo diría que esa es la palabra: una compensación para mi equilibrio interior. Intentar compensar una cosa con la otra. Ese es el papel que jugaron las cartas de Kafka, el material que consulté a la hora de escribir mi ensayo. Y más en concreto las cartas a Felice Bauer. Es una relación en la que se ve muy bien que la estabilidad del matrimonio es algo necesario, pero también que esa estabilidad puede esconder mucho horror. El hombre necesita la estabilidad pero también la libertad. Kafka sabía que Felice es una mujer con la que tendría una vida estable, pero esa vida estable le arrojaría de sí mismo.

Si La tercera persona ha sido una compensación, he de suponer que al escribirla se dejó llevar. ¿No contrasta eso con que el escritor sea en todo momento dueño de su historia?

Quien piense que detrás de cada frase de un escritor hay una decisión racional y bien pensada, no sabe bien lo que es la literatura. Hay un componente imprescindible de dejarse llevar, un punto de irracionalidad. El arte tiene ese componente inexplicable y si le quitas eso pierde toda su aura. Si en cambio algo está en ese flujo, en ese torrente, entonces como lector notas enseguida ese encanto. A mí la frialdad no me gusta nada. La historia termina imponiéndosele al escritor y por eso pienso que la labor del artista tiene mucho de expectación, de ser espectador.

¿Y qué hay de ese equilibrio entre el dejarse llevar y el ser dueño de la historia?

Eso se termina produciendo de manera natural. Te das cuenta cuando te intentas imponer a la historia, y entonces comprendes que no funciona. Cuando el elemento racional o de control se pasa de la raya, salta un piloto. Si alguien tiene sensibilidad para escribir, sabe cómo hacerlo. Verás, el otro día tuve un sueño. Yo mismo aparecía en el sueño e incluso tomaba decisiones dentro de él. Creo que la literatura se parece a eso. Que nadie te diga lo que tienes que decidir en tu escritura, como sucede en un sueño, en el que lo haces sin ser consciente ni responsable de ello. De hecho, como yo mismo me dé cuenta de lo que decido, mala cosa. Por ejemplo, hay en la novela varias meteduras de pata lingüísticas, pero me ha dado igual. Quería que fuera así. No me interesaba corregir, sino expresar. Yo no quería ser de nuevo el profesor y el teórico, sino el escritor que ensaya y que se equivoca.

¿Qué le ha reportado escribir La tercera persona?

La literatura ayuda a convertir las cosas en realidades abiertas. A los veinte años mi visión de la realidad era mucho más cerrada, y no solamente por el momento de la vida en el que estaba, sino porque no tenía experiencia de la escritura. No hubiera podido escribir esta novela con veinte años. A esa edad tienes una visión ideal de las cosas y lo que yo he escrito no es una idea sino una realidad, y muy tangible. La literatura, además, da la posibilidad de pensar abiertamente. Produce algo que tiene un enorme valor sapiencial, no previamente definido, sino abierto. Por eso el arte sugiere tanto.

Y habrá secuela, ¿no es así?

Trabajo en ello. Lo publicado de La tercera persona contiene tan solo dos de las nueve historias que verán la luz pronto. Mi editora prefirió fragmentarla y a mí no me pareció mal. Espero que la segunda parte esté para primavera-verano, para la Feria del Libro de Madrid.

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